Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

Arquitectura, Diseño y Arte

Subtítulo

Otro intento de aclarar las especificidades, fronteras y solapamientos de disciplinas contiguas y defender la especialización sin renunciar a la sinergia entre ellas

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Arquitectura, Diseño y Arte aparecen ante la opinión pública, ante los profesionales, ante los programadores académicos e, incluso, ante ciertos teóricos, como áreas de la cultura solapadas. La prueba de ello la da el mundo académico que suele acogerlas bajo un mismo techo como miembros de una misma familia, sin asumir la responsabilidad de explicar por qué.

 

Este maridaje no  es grave, pero no es más justificable que otras asociaciones como, por ejemplo, el diseño con la ingeniería industrial, las artes plásticas con el teatro o la música, la arquitectura con la ingeniería civil. El problema no reside en con quién convivan sino el grado de confusión que genera la convivencia.

 

Pero la aclaración de las especificidades sigue pendiente en la mayoría de los casos. Hemos de aceptar que, en estos ámbitos profesionales, el conocimiento no es una pasión prioritaria ni siquiera para los académicos. Lo que predomina es el pensamiento analógico que asocia todo aquello que se parezca en algo. Y no sería grave si este tipo de actitud superficial de la mera opinión no fuera el que se repite ante la ética social, la cultura, los programas políticos o las buenas costumbres.

 

De todos modos, nuestra alarma por aquella imprecisión en la definición de los campos diferenciados no ha de interpretarse como una reivindicación de la estanqueidad entre ellos; estanqueidad que, precisamente, es fuente de otra deformación profesional grave: el tecnocratismo.

 

El sujeto polifacético, que sabe pintar, tocar la flauta, bailar tango y diseñar portadas de libros no hace cada cosa con las normas de las otras; pero qué duda cabe de que todas ellas se enriquecen entre sí. Lo propio de la mentalidad llamada “renacentista” es el haber incorporado las matrices generales de la cultura y, a la vez, haber desarrollado alta capacidad de  creación en cada campo específico. Hoy, pedir Leonardos sería mucho pedir, pero entre ese genio integral y la masa de bárbaros técnicamente “especializados” deberíamos encontrar un punto medio.

 

Que un arquitecto sea, también, un excelente diseñador industrial no significa que, por ejemplo, sus sillas sean pequeñas arquitecturas. Para que exista arquitectura ha de haber un espacio habitable y con sentido cultural explícito. Que un pintor pueda diseñar excelentes carteles (Toulouse-Lautrec, Casas) no significa que esos carteles sean cuadros, por más que puedan terminar en un museo. Para que haya cartel debe haber mensaje explícito, legible y entendible; hecho que no es condición sine qua non de la pintura.

 

Con esa advertencia podemos retomar nuestro tema. La Arquitectura fue, desde sus orígenes hasta el siglo XIX, una de las Bellas Artes. Su misión esencial ha sido la de materializar plástica y simbólicamente a las instituciones, darles carácter artístico a sus edificios, hacer de ellos una  suerte de monumentos habitables.

 

Alterado ese papel y redefinida la arquitectura como el sentido del espacio, cualquiera fuera el tema, ésta deja de ser una rama del arte, aunque alguno de sus programas lo sigan requiriendo.  “Únicamente una pequeñísima parte de la arquitectura pertenece al arte: el túmulo y el monumento”; así lo definía Adolf Loos, ya en 1908, en su célebre “Ornamento y delito”.

 

Arquitectura es un campo de la cultura, definible como creación de sentido cultural del espacio habitable. O sea, uno de los campos de aplicación del diseño, que, a su vez, no es un campo de la cultura sino una fase del proceso de producción material, que puede intervenir en cualquier campo de la cultura, incluido el arte.

 

¿De qué sirven estas precisiones? Simplemente para no diseñar portadas como quien pinta un cuadro. Conozco a grandes diseñadores gráficos que son excelentes artistas; pero lo son, precisamente, porque no confunden lo uno con lo otro.

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