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Dubai y el escándalo

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Acerca de la crítica ingenua de la arquitectura-espectáculo, que omite el reconocimiento de su carácter estructural, funcional al modelo socio-económico instaurado por el capitalismo avanzado.

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Artículo publicado en la revista SUMMA 97. Buenos Aires. Noviembre 2008.
 

“Esta sociedad obscena,
se jacta de sus arquitectónicas orgías
ante un mundo que se desangra”.
“Desafueros”
Norberto Chaves
 
 

Con la franca intención de colaborar con mis malestares, un gran amigo me ha hecho llegar una documentación bastante completa – y escandalizada – de la emergencia (léaselo en sus dos acepciones) de ese esperpento llamado Dubai.

Mi malestar, efectivamente, se agudizó y me impulsó a escribir estar líneas. No abundaré en la gesticulación del escándalo; pues creo que ya está suficientemente instalado, al menos entre las personas con sensibilidad social y cultural. Haré algunas reflexiones, en cambio, sobre el escándalo mismo. Empecemos por atrás.

Lo que se inició como una saludable liberación de los dogmas racionalistas y avanzó hacia la alegre cultura posmoderna del viva-la-pepa, llega hoy a su cima con los alardes megalómanos de la sobreacumulación financiera. Y hoy comienza a verse hasta qué punto aquella desregulación inicial tenía un thelos: era precondición para poder prestar servicios de desenfreno retórico al sensacionalismo, al derroche impúdico y la obscenidad  del lujo en que se regodea la Babilonia hiperindustrial.

Quiero decir que, para escandalizarse por los derroteros de la cultura arquitectónica contemporánea (sic) no hacía falta esperar a Dubai. Dubai no es más que la apoteosis de una catástrofe, que ha adoptado la estrategia de penetración por acostumbramiento.

El escándalo estalla en esta década; pero su objeto no es nuevo. A quienes creemos que en el culmen de la cultura está el jamón de bellota acompañado de un excelente tempranillo, todo alarde nos ha sido ajeno desde siempre. No nos ha emocionado ni la terminal de TWA, ni la Opera de Sydney, ni – mucho menos – nuestro abominable Banco de Londres, hoy patéticamente hipotecario (¡vaya hipoteca la del bunker!).

Este escándalo de hoy sobreviene por la aparente irracionalidad de estos fenómenos: su delirio, su locura. ¿Pero qué racionalidad es la transgredida? Obviamente, no la del capitalismo, sistema racional donde los haya, donde la espiritualidad está ausente, donde la ética, pura emoción devenida norma, está ausente.

Detrás de los escandalosos escenarios del capital no se halla sino la extrema lógica numérica del interés. El capital no se equivoca: se desplaza en tiempo real en busca de su autorreproducción, sin reparar en variables extraeconómicas, tales como el sufrimiento humano; hecho de naturaleza psicológica que al capital no le incumbe, pues cae fuera de su “especificidad”. El hambre, la enfermedad, la masacre – fuentes de aquel sufrimiento – son, en cambio, parte necesaria, lógica, del desarrollo capitalista, meros reajustes de la cadena económica.

La creación acelerada de nuevos mercados es condición estructural de la continuidad del ciclo vital del capital; garantiza su reproducción infinita, principio y fin único de un sistema que – mal que nos pese – es pura matemática.

Semejante maquinaria, precisamente gracias a su lógica inexorable, funciona en automático, con apenas unos operadores a sueldo y horario. Y tal maquinaria podría satanizarse cómodamente, haciéndola responsable de todos nuestros males, si no fuera porque tiene en nosotros su más fiel aliado. Nuestro doméstico menaje informático, permanentemente recambiado, nuestro hipertrofiado ajuar hedonista, permanentemente ampliado, nuestras periódicas excursiones fotográficas a lo exótico, definitivamente irrenunciables… todo ello y más, multiplicado por miles de millones de zombis, constituyen los cimientos de Dubai. Una casa unifamiliar de mil metros cuadrados y excelente arquitectura no es menos escandalosa que la torre Burj Dubai, de 800 metros de altura.

¿Qué tipo de sujeto habitará Dubai? Mejor dicho: ¿de qué especie serán los cientos de miles que se alojarán en aquel montaje escénico? Si nos atrevemos a mirar el fenómeno de frente y a no cerrar los ojos a sus orígenes, desplazaremos nuestro escándalo de los efectos a las causas. En aquella gigantesca torre de Babel no encontraremos sino personas como nosotros, disfrutando de un espectáculo anunciado por el cine de ciencia-ficción y sus efectos especiales. Una avidez de sensaciones visuales, de reflejos fisiológicos ajenos a toda sensibilidad cultural: adrenalina pura que otros llamarán arquitectura contemporánea. Dubai existe pues es indispensable a la sociedad del espectáculo, que allí materializa su identidad fantasmal.

Dubai no representa, entonces, una anomalía, una deformación, una desviación sino la quintaesencia de la sociedad que hemos construido, ese infierno que, al decir de Italo Calvino “habitamos todos los días, que formamos viviendo juntos”. El motivo más profundo del escándalo no es la desmesura de la obra sino los horrorosos valores de la sociedad que la construye: la nuestra.

Es esta reflexión la que he encontrado a faltar en la documentación que recibiera acerca de Dubai; documentación que se escandaliza por los síntomas e, involuntariamente, guarda silencio acerca de la enfermedad.

No es improbable que en una habitación del piso 135 del Hotel Burj al-Alam, alguien, alguna vez, pida al room service un plato de jamón español con una botella de Rioja reserva. Para festejar. Pero ya será tarde.

Notes