Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

Eclecticismo, reciclaje y parodia

Subtítulo

Con la excusa del edificio «Grand Bourg».

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En mi última estadía en Buenos Aires, mi trayecto de regreso del centro contó con un nuevo punto de interés: una torre de departamentos a estrenar, “de estilo”. Al verla por primera vez, lo que me llamó la atención fue, obviamente, su heterodoxia, lo inesperado de aquel pastiche. Pero presentí que allí había algo más y, con la esperanza de descubrirlo, presté atención, fugaz pero insistente, cada vez que el taxi pasaba frente a él.

Aquella torre de tantísimos pisos exhibía, impúdica, su pretensión de francesa en pleno Palermo Chico. Me sonaba a falsa; pero, a la vez, sincera. Quizá ello fuera el origen de su atractivo. Algo me decía que aquel edificio no hacía esa mueca retro —tan frecuente, por ejemplo, en los countries— ni tampoco reiteraba las citas neoclásicas y guiños conceptuales de cierta rebuscada  posmodernidad. En cambio, me resultaba inevitable la asociación con aquella arquitectura, ya tardíamente francesa, que el liberalismo patricio construyera en Buenos Aires, marcándola para siempre con el mote de afrancesada. Desde ese punto de vista, el que los recién llegados quisieran imitar el gesto de los fundadores del barrio, retomando la posta, trasuntaba cierto obediente continuismo no carente de humildad. Burgueses eran los de antes —me dije— pero con este sinceramiento, los nuevos ricos de hoy no dejan de enternecerme.

Desconociendo el origen del edificio e impactado por la franqueza y convicción de su propuesta historicista, me preguntaba: ¿Quién habrá sido el valiente? ¿Quién se atrevía a realizar semejante afrenta a la profesión bien pensante y a su pequeña cultura? ¿Quién habrá sido el cliente y cuál habrá sido su encargo? Ahora, sorprendidísimo, me entero que los autores son los mismos que los del Malba y, por si eso no bastara, el cliente, también: mi interés por la obra se ha multiplicado. Además, según me han dicho, los proyectistas son jóvenes arquitectos cordobeses. No pude, entonces, reprimir una fantasía: quizá gente como ésta logre aliviar al arquitecto Roca de su pesada carga.

Mi amigo Rubén Cherny me puso al corriente de cierta polémica suscitada por la obra y, visto mi entusiasmo, me incitó a que hiciera unos apuntes. Se me ocurrió que, antes de sumar mi opinión, sería útil recordar algunos datos de contexto que faciliten la interpretación de este acontecimiento. 

Y escribí, entonces, lo que sigue.

Del eclecticismo

La posmodernidad, entendida como forma cultural del capitalismo avanzado (Jameson), echó varios mitos por tierra. Entre ellos, el de la sucesión lineal de los estilos, el de la validez del estilo de época y el del propio concepto de época, tal como se la vino concibiendo hasta mediados del siglo pasado.

En arquitectura, ello implicó el enmudecimiento de los dogmas y, básicamente, el enmudecimiento de los dogmas de la arquitectura moderna. En su forma dominante, estos dogmas respondían a una filosofía crudamente positivista, no casualmente sajona, que reivindicaba algo tan absurdo como el carácter racional del acto de habitar.

Los valores de la modernidad nunca calaron plenamente en la sociedad y, a poco de postulárselos, degeneraron en dos formas socialmente asumidas: esa masiva arquitectura de la miseria, despojada por razones de fuerza mayor, y ese formalismo ultra-decadente que se ha dado en llamar “minimalismo”. La arquitectura moderna llegó tarde: el Poder, para dominar, ya no necesitaba a la cultura. Y la disolución de la “cultura dominante” ha dejado a la sociedad huérfana de modelo único, desnudando así la real heterogeneidad cultural inherente a la estratificación social.

Las consecuencias son evidentes. Nadie puede hoy arrogarse la autoridad ni el derecho de dictaminar sobre la legitimidad de una opción estética. Nadie puede sostener, sin que le tiemble la voz, que su personal propuesta estilística sea la universalmente válida. Nadie puede ya descalificar las ilusiones y fantasías de los demás. Para bien y para mal, todo aquello que tiene sentido para una determinada tribu es legítimamente representativo del presente como una de las facetas del calidoscopio de la cultura real. La posmodernidad ha instaurado el estado de viva la pepa, único rasgo de época efectivamente reconocible. Y si algo puede afirmarse es que los arquitectos son primerísimas estrellas de ese libertinaje. La ciudad está desgobernada. Esto es la guerra. Y el que llega primero gana. Puestos a rasgarse las vestiduras, rasgárselas todas.

Esta realidad, a pesar de su estentórea notoriedad, no ha sido asumida por ciertos portavoces de la arquitectura cuya consciencia sigue secuestrada por la utopía moderna. Este sector sigue encubriendo su aspiración a la hegemonía cultural tras el mandato de “fidelidad a la época” ¿A qué época?¿A la época de quién, de qué clase social , de qué país?. Consciente o inconscientemente , esta gente adhiere al autoritarismo cultural de las vanguardias históricas y su mal reprimido desprecio por la cultura real, aquella puesta en acto por los grupos sociales concretos en su indescalificable manera de ir por la vida.

Del reciclaje

Si la memoria no me falla, nuestra cultura lleva aproximadamente dos mil quinientos años reinterpretándose; aunque cierto es que, para no perder el entusiasmo, en cada momento hemos creído descubrir la pólvora. En la Universidad, que como su nombre indica está por encima de toda parcialidad o error, nos enseñaron que lo helenístico fue la visión degradada de la antigüedad clásica; acerca de los romanos, todo fueron vituperios; gracias al desprestigio del medioevo, el Renacimiento se salvó por un pelo; pero el neoclasicismo cayó en desgracia sin levantar cabeza. No recuerdo si los griegos fueron la versión degradada de algo, pues me parece que, hasta el momento, nadie se ha metido con ellos. Lo cierto es que hoy la catástrofe, si un efecto positivo ha tenido, ha sido el bajarnos los humos. Y la voz. ¿Quién podría hoy levantarla contra Sir Christopher Wren o, más cerca de nosotros, contra Don Alejandro Bustillo? Bien mirada, la cultura es por definición anacrónica; es el opuesto simétrico de la moda.

La idea de ruptura cultural solo puede aludir a una actitud de rebelión voluntarista y caprichosa que, fatídicamente, se verá negada por la realidad. La evolución, o sea, el cambio que conserva, parece ser una ley implacable  del desarrollo cultural, no modificable a voluntad. Y esa evolución se produce con una lentitud similar a la del lenguaje; escriban lo que escriban las elites en sus manifiestos.

Esta tenacidad de las matrices estéticas, que se perpetuan a través de su metamorfosis, es lo que opera detrás de los reflejos culturales de la sociedad real, o sea, de la gente de carne y hueso. Y esto se cumple tanto en su versión más profunda y radical como en su versión kitsch o caricaturesca. Al final de cuentas, todo estilo consagrado no es más que un pastiche que ha logrado disimularlo.

La presencia viva del patrimonio histórico y su continua recreación no puede explicarse sino por la vigencia de gustos “de onda larga”. Y no existe ninguna fuente de argumentación racional para la deslegitimación de dichos gustos. No hay gustos “ilegítimos”. Y mucho menos cuando alcanzan tal extensión en el tiempo histórico y en el espacio social. O sea no hay pecado alguno en volver a cantar el tango “Volver”: el pecado es cantarlo mal. 

De la parodia

Lo dicho sería suficiente para desmontar toda aspiración a una verdad cultural única; pero hay más. A la naturaleza recreativa (en todo el sentido del término) de la cultura, debemos sumar una característica específica de nuestro presente. La citada fase avanzada del capitalismo, o sea, el financiero, se corresponde con la sustitución de la cultura por una actuación de la cultura; fenómeno detectado ya tempranamente por Nietzche. La vida es una parodia de la vida: nuestra existencia es estructuralmente, conscientemente, jubilosamente, imitativa. Hemos perdido el derecho a la naturalidad: estamos vacíos. El parque temático no es un fenómeno aislado o marginal: es el modelo de nuestra experiencia cotidiana. La historia sólo se repite como parodia; lo  dijo Marx. Y aquí estamos nosotros para probarlo.

La arquitectura no sólo no podía ser ajena a esta realidad sino que, incluso, ha sido la primera en detectarla y ponerla en proyecto y en obra. El concepto de posmodernidad no nació en la filosofía sino en la arquitectura y se expandió como metáfora de la “disolución del sujeto”, ese héroe moderno derrotado. No casualmente, las más célebres frases premonitorias de nuestra cultura actual fueron emitidas desde el Sinaí de la decadencia, atalaya de la sociedad de consumo y la deculturación: “El medio es el mensaje: aprendamos de Las Vegas, pues lo feo no se vende”.

Y esta pulsión escénica en que se canaliza nuestro vínculo con el mundo es, en tanto estructural, independiente del libreto: para ser paródicos no es necesario que imitemos a Monsieur Mansarde; somos paródicos hasta imitándonos a nosotros mismos. ¿De dónde, si no, esa descarada hegemonía de la moda?. El Malba es paródico, está plagado de guiños y tics. El propio concepto contemporáneo de museo implica una parodia consumista del museo tradicional, su réplica espectacular. El mismísimo Sr. Constantini - con todos mis respetos y reconocimientos por sus aportaciones - es paródico. No podemos no serlo. Paródicos son los puentes de Calatrava y los museos de Gehri. Paródica es la obra de las primeras figuras de la arquitectura-espectáculo. No sólo la historia es objeto de nuestras parodias. Nuestra cultura es una parodia en busca de tema.

Moraleja 

Toda axiología arquitectónica que no tenga en cuenta lo anterior correrá el riesgo de asfixiarse en esa nube de gases tóxicos que son las utopías y supersticiones de la clase media intelectual. El gag histórico posmoderno es arte conceptual disfrazado de arquitectura. Tan válido como lo contrario - el historicismo - pero de mucho menor cobertura social: es arquitectura para entendidos; en el fondo, un frívolo guiño inter pares. En cambio, la recuperación de un código estilístico histórico para hacer un edificio actual, que lo rememore y continúe como rasgo de identidad, es cosa bien distinta. Detrás de su superficialidad - aparente o real – se oculta un desafío más serio y profundo. 

No estoy en condiciones de afirmar que el Grand Bourg haya salido airoso de ese desafío; me temo que estos jóvenes no cantan como Bustillo, que cada día canta mejor. Pero, qué duda cabe, rompe un mito y abre un camino al borde del vértigo. Contar un chiste que se parezca a la verdad sin perder el sentido de la parodia es, en el fondo, hacer cultura. 

Dicho lo anterior, ahora podemos esperar a que el taxi pase frente al Grand Bourg y mirárnoslo  de nuevo. Veremos más cosas. Y comprenderemos que en él se sintetizan, a la vez, una memoria y una miseria.

Notes