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El diseño: disciplina “vacía”

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Al definir al diseño “en general”, o sea, omitiendo el tipo particular de objeto que produzca, sólo nos queda como característica constante la tarea proyectual: diseñar es seleccionar y combinar rasgos (materiales y formales) que determinarán las características de un producto, su forma de fabricación, distribución y consumo, con anterioridad a su producción material, a fin de garantizar la máxima satisfacción de la necesidad que lo requiriera.

Dicha selección y combinación se realiza sobre un universo de paradigmas formales y materiales que no son propios ni exclusivos del diseño; provienen del contexto social: códigos técnicos, recursos materiales, códigos de uso y comportamiento, códigos simbólicos o semánticos, estéticas, condiciones económicas, etcétera.

De allí que cada nuevo programa reclame una tarea de exploración previa al diseño: el diseñador debe “empaparse” de los códigos vigentes en ese campo particular e incorporarlos, ya que su “disciplina” no se los provee. El diseño sólo selecciona y combina elementos preexistentes fuera de su práctica. Por así decirlo, no inventa los materiales ni los colores, ni las formas: los selecciona y combina de una manera nueva y específica para el caso.

Este “vacío axiomático” del diseño – entendido en su acepción genérica, no asociada a ningún campo específico – es fruto de su universalidad como práctica productiva. Dado que prácticamente la totalidad de la producción material, cualquiera fuera la naturaleza de los productos, requiere de su previo diseño, esta tarea debe escoger sus criterios y normas en función de cada ámbito específico. Y sólo puede obedecer a un único principio universal: obtener el máximo ajuste a la necesidad, al objetivo perseguido en cada caso.

Para diseñar una silla de oficina utilizo unos principios, y para diseñar una silla de comedor doméstico, otros; pues no sólo cambian las normas ergonómicas, sino también los códigos estéticos, los materiales, las tecnologías pertinentes. Sólo perdura inmutable una exigencia: el máximo ajuste al programa.

La arquitectura, el mobiliario, la decoración, el menaje, la indumentario, el entorno urbano, etcétera, etcétera, son campos de la producción material pautados por un cúmulo de códigos específicos y generales: utilitarios, simbólicos, estéticos, económicos, técnicos… Y esa combinación de múltiples códigos varía no sólo de ámbito en ámbito sino de caso en caso.

Todos estos ámbitos son susceptibles de incorporar en su producción, una fase de prefiguración: el diseño. El diseño, como tal, no constituye ningún campo objetual, no es un género de la cultura, sino una fase de la producción material. Como tal, carece de normas propias: adopta las pertinentes a su objeto, a cada uno de sus objetos particulares. De allí que “estudiar diseño” no significa nada si no se “estudia” a la sociedad y a la cultura que es de donde provienen los criterios para tomar las “decisiones de diseño”.

Este carácter de práctica “vacía” es precisamente su privilegio: la inevitable ausencia de normas. Pero, a su vez, conlleva un enorme compromiso para el diseñador: él no puede estar “vacío”. Dado que el diseño no le dicta otra norma que la de la eficacia, es el diseñador quien debe nutrirse del más amplio repertorio de recursos: técnicos, culturales, estéticos, etcétera. Un diseñador inculto no sólo es un mal diseñador: simplemente no es diseñador.

Norberto Chaves

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