Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

El diseño, objeto mediático

Subtítulo

Crí­tica de una noción banalizada del diseño.

Body

Entre las funciones ideológicas de los medios de difusión masiva está la de acuñar los nuevos conceptos con que pensaremos las nuevas realidades. Los medios ponen al alcance del público aquello que éste no puede experimentar por sí mismo y se lo narran conforme a las matrices ideológicas del narrador. Nada menos próximo a la objetividad que el discurso periodístico, atado como está a las comprensibles condiciones de supervivencia del informador, a los ineludibles condicionamientos del mercado de la noticia y a los, menos perdonables, compromisos político-ideológicos de los grupos mediáticos.

Esta obviedad es necesaria recordarla para comprender que las realidades emergentes, entendidas como “noticia”, queden sometidas al mismo mecanismo condicionador. “Globalización”, “innovación tecnológica”, “comunicación”, “progreso”, “terrorismo”, “populismo”… son construcciones del imaginario mediático que van con su valor incluido y que se instalan en la opinión pública antes que las personas logren pensarlas por si mismas. Y el diseño —una de esas realidades emergentes— no se salva de ello. Los medios toman de este oficio y de sus productos y autores aquellos rasgos que más “venden”: estrellato, vanguardismo, milagro económico, etc. etc. Ocultan la realidad de la disciplina detrás de la imagen de su costado más estridente. El público entra en contacto con el diseño a través de la ventana de novedades de los dominicales donde oye el “último grito” del consumo. Y allí localiza el lector el conjunto de nociones asociadas al diseño: “originalidad”, “novedad”, “transgresión", “modernidad” “nueva estética”, etc.

Instalada esa imaginería será muy difícil recuperar la verdadera noción del diseño. El público consumidor, los empresarios, los políticos, los estudiantes y hasta los profesores caerán en la tentación de adherir a la noción mediáticamente triunfante. La tarea de desencubrir el concepto real del diseño, el efectivamente operante en la realidad, y relativizar los lugares comunes resulta por lo tanto, interminable; pues, como mala hierba, el mito persiste en sustituir los hechos. Por ejemplo, esta nota podrá aportarle alguna idea al lector reflexivo o corroborarle algo que ya sabía o sospechaba; pero su incidencia sobre el imaginario colectivo será nula.

De todos modos, sería una ingenuidad considerar aquel “error de apreciación” como una situación anómala. La construcción de representaciones imaginarias funcionales al consumo es un mecanismo sistémico: el “error de apreciación” es lo normal. Lo que ocurre con la noción de diseño ocurre también con las nociones de arte, ciencia, política o ética social. Vivimos en un mundo imaginario “y en un mismo lodo todos manoseaos”.

Obviamente, ningún mito es arbitrario y, en la producción para el consumo de la novedad y la extravagancia, el diseño —y, ni qué decir, la arquitectura— cumplen el papel protagónico. Pero, en la realidad, la tarea del diseño no acaba allí; pues se extiende a todas las áreas de la producción y a todos los lenguajes y estilos que requieran los distintos programas: desde la máquina herramienta hasta la indumentaria deportiva, desde el equipamiento quirúrgico hasta la automoción; desde la ingeniería hasta la moda, desde la señalética hasta la producción editorial, desde el mobiliario hasta la arquitectura…

El diseño, por lo tanto, no es la mera estética de la actualidad, ni el mero ámbito de la innovación o la ruptura de paradigmas. El diseño es la fase ineludible de toda producción material en que se definen las características, de un producto con anterioridad a su fabricación; cualquiera fuera su estilo y grado de originalidad.

En síntesis: el uso vulgar del término diseño recorta el campo de esta actividad técnica reduciéndolo a sólo un tipo de manifestaciones, distorsionando así su concepto. El diseño, fase inexcusable del proceso productivo industrial o semi-industrial, queda reducido al mero perfume con que se disimulan los sudores de la carrera consumista. En parte, y salvo honrosas excepciones, gracias a los medios. Con todos los respetos.

Notes