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La Barcelona Gráfica de América Sánchez

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Texto para el libro de América Sánchez “Barcelona Gráfica”, gráfica urbana recopilada por el autor.
(Barcelona 2001, Gustavo Gili).

 

Una de las ideas más extravagantes que he escuchado en mi vida ha sido la de un diseñador de Barcelona que se proponía conseguir que la gente aprendiese a dibujar. Partía él del supuesto bastante realista de que, exceptuando a algunos niños, ya nadie saber coger un lápiz, de que eso no era bueno y había que remediarlo. Para ello planeó realizar, de su bolsillo, una campaña de sensibilización pública que, para mayor seguridad, sería a escala mundial. Era el año 1.979, el extravagante francotirador era América Sánchez y el redactor del manifiesto hube de ser yo.

Pude serlo pues el sentido cultural de la iniciativa me resultaba bastante claro, a pesar de que no alcanzaba a entender bien los motivos de su promotor. Ignoraba yo, por aquel entonces, qué clase de persona era América Sánchez. Lo cierto es que el trabajo se hizo y marcó el inicio de nuestra amistad y nuestra creciente complicidad.

Con el tiempo, fui conociendo sus intereses y predilecciones; y descubriendo que, desde trayectorias absolutamente diferentes, coincidíamos en ciertas actitudes: dar prioridad absoluta a los hechos, leer las cosas, usar como bibliografía el mundo percibido y tenerle poca confianza a lo instituido.

Cuando América Sánchez dictó, en la Escuela EINA, un cursillo de salsa para estudiantes de arte y diseño, terminé de convencerme de que su perfil no coincide demasiado con el del diseñador tipo; a pesar de que su trabajo se inscriba modélicamente en la disciplina del diseño y sea una obra de referencia obligada. Aquí correspondería preguntarse si esta aparente contradicción debe interpretarse como una excepción o como la forma pura y, por lo tanto poco practicada, de la regla.

Mucho tiempo después, en una exposición que denominó  “Tressors Gràfics”, América Sánchez reveló el contenido de sus archivos secretos: un muestrario de expresiones gráficas de los más diversos orígenes. Lo que allí predominaba, en todos los aspectos, era la heterogeneidad: temática, estilística, cultural, histórica, social, técnica. Aquella especie de torre de Babel gráfica lograba que al observador agudo se le disolviese todo dogma, toda receta académica, toda fe en la moda o en el gusto de entendidos. Y no para refrendar el “todo vale” - tan frívolo como facilón - sino para demostrar que hay más cosas valiosas que las que uno cultiva, que no sólo saben bien los frutos de nuestro huerto. Y me parece que ésa era precisamente la intención consciente de la exposición. Lo cual sorprende: no es frecuente que un diseñador valore lo no diseñado.

Ahora, América Sánchez acaba de tomar miles de fotos por las calles de Barcelona con la intención de mostrárselas a sus peatones, que no suelen ver, que no suelen mirar, que no suelen disfrutar ni admirarse de lo que está al alcance de sus ojos cada día. Me las muestra y me invita a escribir un texto. Acepto entusiasmado, pongo manos a la obra y vuelve a suceder lo mismo que la primera vez: a medida que avanzo en el trabajo se multiplican los descubrimientos. América Sánchez ha encontrado el plano del tesoro y nos conduce a través de la fronda exuberante de la isla: la obra gráfica de un elenco anónimo y multitudinario de artesanos, artistas espontáneos, letreristas, grabadores. Miles de personas durante un tiempo larguísimo, señalizando, identificando, ilustrando, decorando los edificios; es decir, produciendo la cultura gráfica de su ciudad sin pedir permiso a las autoridades y, seguramente, sin siquiera saberlo.

Con este proyecto, América Sánchez  vuelve a sorprendernos: recoge imágenes de la gráfica urbana, las exhibe, publica un libro y, con ello, nos motiva a la reflexión y toma de conciencia acerca de un ámbito poco considerado de la cultura. Hace así una aportación tanto o más importante que su propio trabajo profesional; lo cual no es poco.

No es éste, sin duda, un trabajo único en su tipo; pues existe una extensa bibliografía internacional que documenta la producción gráfica popular o espontánea de distintas épocas, técnicas y estilos. Pero no es frecuente, en cambio, dar con piezas de este tipo dedicadas exclusivamente a una ciudad. Y es esta peculiaridad, aparentemente anecdótica, lo que otorga a la obra su mayor interés: un significado más profundo que el de la mostración de piezas gráficas sueltas y de cualquier origen. El objeto de la obra no es sólo la gráfica urbana sino Barcelona a través de su gráfica.

Al ceñirse a una ciudad determinada, el material individualiza y compromete a  una comunidad - actores y usuarios concretos - y alude a una propiedad: un patrimonio. No se trata sólo de revalorizar unas piezas sino, además, señalar su pertenencia y presencia real dentro de un entorno cultural actual. Se trata de un levantamiento de documentación de campo: las piezas están referenciadas y son “visitables”.

A partir de esta publicación, un material gráfico, silencioso y soslayado, que nunca excedió su humilde e inmensa función social, sale del anonimato. La mirada superficial no encontrará en él más que una colección de curiosidades o simpáticos productos del ingenio popular; la mirada atenta descubrirá, en cambio, un tesoro cultural: la clave está en la mirada. Con esta obra, Barcelona puede mirarse en el espejo de su patrimonio gráfico y, así, recuperar otro rasgo de su personalidad. Y quizá, con todos los hados a favor, también pueda reafirmarse en sí misma, superando la amnesia y esa ceguera profunda mal llamada “progreso”.

Como todo trabajo de documentación patrimonial, el archivo de América Sánchez valoriza, de hecho, a las piezas catalogadas, desvela su sentido cultural y, al referenciarlas, reduce el riesgo de su destrucción; tal como ocurriera con el patrimonio modernista catalán, despreciado y destruido durante décadas y hoy ya intocable gracias a la revalorización que de él hicieron pioneros como Alexandre Cirici Pellicer.

No menos valiosa es la utilidad indirecta de esta obra como recopilación de referencias urbanas: toponímicas, lingüísticas, sociológicas, comerciales, históricas. Aunque la incidencia de mayor trascendencia cultural sea la aportación de recursos de comunicación concretos a las prácticas gráficas de hoy: un extenso léxico gráfico, un vasto repertorio de criterios morfológicos, estilísticos y sintácticos que, aprendidos e integrados inteligentemente, le devolverían a la gráfica contemporánea la calidad cultural perdida. Podría así reducirse en el campo gráfico, el hiato que se produjera entre la producción industrial y la artesanía, cuyo resultado ha sido el franco predominio de un diseño sin profundidad ni vuelo poético.

Podemos esperar, también, que este libro sirva como propuesta a otras ciudades; propuesta que, de ser asumida, podría demorar el actual proceso de despersonalización urbana. Con el tiempo, el progreso podría ir haciendo las paces con la cultura. O, al menos, podría firmar con ella un armisticio.


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