Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

La disolución del sujeto y una posible recuperación cultural

Subtítulo

En torno al proceso de deculturación disparado por la implantación de la sociedad de consumo y la posible eficacia de las acciones de animación cultural

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Respuestas a los interrogantes planteados por un estudiante de un Máster de Museografía. Sanlúcar de Barrameda, 2009.
 

1. ¿De qué cultura hablamos?

Para intentar responder los interrogantes que suscita el antagonismo entre la cultura y la mal llamada “cultura de masas” (contradictio in terminis), es indispensable determinar la acepción de “cultura” pertinente a este contexto problemático.

De los múltiples usos del término “cultura” conviene aquí considerar dos:

a. la acepción amplia remite al conjunto de códigos que articulan la sociedad constituyéndola en “comunidad” y que, por lo tanto, constituyen al individuo como persona social, miembro de esa comunidad. Este ámbito, coloquialmente se suele denominar “usos y costumbres” de una comunidad cultural determinada. Esta acepción incluye desde las normas de educación y relación social y la instrucción, hasta la oficios, las artes y las ciencias, pasando por los géneros de la cotidianeidad (gastronomía, festividades, juegos y deportes, etc.).

Esta acepción ha de manejarse con cuidado, pues su riqueza de contenidos no implica que éstos sean homogéneos en todo el espectro social. Este universo presenta un gradiente de universalidad que va desde las instituciones compartidas por todos (aún con matices diferenciales): el idioma, cierto folklore, cierta gastronomía, ciertas normas de conducta… hasta prácticas y géneros exclusivamente subculturales, clasistas, sectoriales o “tribales.”

 

b. la acepción restringida y la más frecuentemente utilizada, considera “cultura” sólo a los “grandes géneros” del arte y la ciencia. “Géneros cultos” suele ser otra expresión acuñada por el uso coloquial (“música culta”).

En este campo, el análisis racional debe superar el prejuicio que asigna valor universal a estos géneros a pesar de que, en la realidad social, su comprensión y disfrute nunca ha sido general.

El mismo prejuicio, para zanjar esta contradicción ha acuñado el concepto de “incultura”. Aquella falta de aceptación general de estos géneros es explicada como producto de la “incultura”  de la población, como una situación “anómala” que debe corregirse con programas de culturización.

 

2. ¿Qué sujeto es el que se disuelve?

La teoría de la “disolución del sujeto” se relaciona con un fenómeno que se completa con la posmodernidad: la aparición de un tipo de actor histórico-social en el que no se observan las características del “sujeto” en sentido estricto: autoconciencia, objetivación del mundo, identificación colectiva, memoria y objetivos históricos. En síntesis: cultura.

Se trata del flujo, la masa o como quiera denominarse a esa dimensión del individuo regida por la pura pulsión, característica nodal de la “sociedad de consumo.”

Esta disolución no se produce por la pérdida o carencia de la cultura “b” sino por la pérdida de la cultura “a”. Dicho más claramente, un individuo que no disfruta, ni entiende, ni cultiva los “géneros cultos” no deja por ello de ser culto ni padece, por lo tanto, de una despersonalización que lo transforma en masa.

 

3. Dos abordajes del problema

Admitido lo anterior, los interrogantes clásicos en torno a la difusión y promoción cultural deben ser reconsiderados. Y en dicha reconsideración conviene distinguir dos niveles de análisis:

a. El análisis a gran escala, o sea, el propio de un diagnóstico estructural de la tendencia dominante en el desarrollo de lo cultural.

b. El análisis a pequeña escala, o sea, el propio de un diagnóstico coyuntural de los ámbitos culturales particulares que, aún inscritos en el escenario anterior, gozan de condicionantes específicos que permiten cierto grado de “alternatividad.”

En el primer nivel de análisisla respuesta a las incógnitas no puede ser muy optimista. El contexto general vuelve utópica la idea de “un plan cultural” que se desarrolle al margen de los condicionantes históricos y logre revertir el proceso -sistemáticamente imprescindible - de deculturación.

Pues dicha deculturación no es un mero “efecto secundario” o desviación, sino la condición sistémica para el sostenimiento de esta sociedad. La cultura, en sus dos acepciones (a y b), es antagónica con el desarrollo del mercado.

Prueba de ello es el acoso sistemático e integral al adolescente, estadio clave del proceso de socialización y culturización del individuo. La pura lógica económica, sin plan preconcebido por nadie, orienta los operativos privados y públicos hacia la creación de mercado mediante una estrategia de “aculturación” (o sea de inhibición del proceso culturizador) del adolescente, pieza clave del mercado presente y garantía del mercado futuro.

La acuciante problematicidad de la adolescencia no tiene orígenes psicológicos, sociológicos o culturales: es efecto de una tendencia económica. Se trata de un proceso semi-espontáneo de creación de un nuevo individuo, más adaptado al consumo acrítico. Y ese proceso debe producirse antes de que el individuo incorpore las matrices de la cultura, que obrarían como anticuerpos del consumo dependiente.

Una persona privada de códigos de comportamiento social está en óptimas condiciones de aceptar y adoptar cualquier nueva práctica que le proponga el sistema. Y privada de recursos de autorrealización (bienes culturales), está vacía y ávida de consumo de bienes alternativos.

El segundo nivel de análisis conduce a un “trabajo en grieta”: detectar zonas liberadas de los condicionantes del consumo, en las cuales la cultura — en todas sus acepciones — siga activa. O sea, donde todos sus componentes (productores y reproductores, emisores y receptores,  contenidos y medios) sigan vigentes y autónomos. La detección de estos espacios es esencial para la acción cultural: no se crece en el desierto. Los esfuerzos hay que concentrarlos allí donde haya vida cultural, para protegerla y hacerla crecer.

La cultura es la única alternativa contra de deculturación: es fin y es medio. Suponer que se puede inducir a la gente a que asuma la cultura mediante experimentos para-culturales, o procedimientos “clínicos” de tipo sensorial es absurdo y, además, denota cierta omnipotencia y paternalismo.

Ambos análisis son indispensables de cara a una toma de posición ante la praxis cultural; pues, en dicha praxis resulta tan perjudicial el fatalismo histórico (a que puede conducir el análisis 1) como el optimismo ingenuo (a que puede conducir el análisis 2).

El fatalismo histórico es paralizante, conduce a la inacción y, con ello, favorece el statu quo. El voluntarismo ingenuo no distingue los peligros y recrea, sin saberlo, las condiciones que pretende superar.

 

4. En síntesis

Para favorecer el desarrollo cultural de la sociedad  sólo es útil y posible:

a. Fortalecer los polos existentes de producción cultural en sentido estricto, en todos los niveles y en las diversas manifestaciones sociales, eludiendo todo centralismo cultural.

b. Privilegiar el periodo de acceso a la cultura, o sea, las actividades dirigidas a la adolescencia, y poner a su servicio toda infraestructura cultural que no haya sido secuestrada por el mercado.

c. No desperdiciar energía en experimentos mágicos de “reculturización de la masa”: con la cultura no se experimenta.

d. Concentrarse, directa o indirectamente, en la producción cultural propiamente dicha: escribir, pintar, esculpir, tocar música, componerla, actuar, danzar…; pero también: vestir bien, arreglar la casa, cocinar, festejar, bailar, cantar… La cultura es su propio instrumento de autopromoción.

No se puede descartar de plano la posibilidad de que ciertos experimentos culturales dirigidos a públicos no motivados culturalmente logren, en algunos participantes, despertar la avidez, Pero es garantizable que la rentabilidad de tales inversiones será bajísima. Y los peligros de distorsión del sentido, muy altos.

Notes