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Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

La falsa sinécdoque

Subtítulo

Acerca de retórica, comunicación e ideología

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“Vienen de los esfuerzos sobrehumanos / y van a la canción y van al beso / y van dejando por el aire impreso / un olor de herramientas y de manos”.  Miguel Hernández nos describe así a los trabajadores del campo en su poema “Los hortelanos”. No dice que vienen de trabajar y van a la fiesta y al encuentro amoroso. Sustituye esas tres ideas por un dato parcial que forma parte de ellas. Eso es la sinécdoque: la simbolización de un hecho mediante uno de sus elementos, normalmente protagónico o primordial. Del trabajo rural, el esfuerzo; de la fiesta, la canción; del amor, el beso.

 

La fuerza poética de la sinécdoque reside en que nos brinda una pincelada que, bien escogida, nos permite reconstruir en nuestra imaginación el cuadro entero. Y esa asociación se produce por contigüidad, espacial o temporal, de lo dicho (la parte) con lo no-dicho (el todo). El lenguaje coloquial apela también a este recurso retórico: “Pedro siempre corre detrás de las faldas”, o sea, es un mujeriego. Y la heráldica y los emblemas institucionales están plagados de sinécdoques: libro por instrucción, engranaje por industria, ancla por navegación, espiga por agricultura…

 

La tendencia espontánea de los diseñadores gráficos a iconizar sus marcas apela también a esta técnica. Por cierto, con mayor frecuencia de lo recomendable. No siempre es necesario incorporar un icono a modo de sinécdoque de la organización. Por lo general, esa referencia infantiliza al signo. Una fábrica de juguetes pedagógicos podrá tener una muñequita como símbolo; pero con este gesto naïf ocultará su responsabilidad pediátrica. Y se mostrará, ella misma como ingenua, infantil. No conviene que un odontólogo con tecnología y profesionalidad avanzadas use, en su tarjeta, una muela como símbolo: sólo logrará que le abran su boca los incautos.

 

Por otra parte, este recurso retórico, para resultar conceptualmente válido debe entablar una relación objetiva y unívoca entre la parte y el todo. En caso contrario se incurriría en lo que podemos denominar “falsa sinécdoque”. Veámoslo con un ejemplo. Una película argentina (creo que de los años 50) tuvo por título “El negro que tenía el alma blanca”, auténtico manifiesto de un humanismo de damas de beneficencia. En ese título – coherente con el contenido entero de la obra – dos grupos humanos simbolizados por el color de la piel (sinécdoque) operan, a su vez, como representantes del bien y el mal: falsa sinécdoque condicionada por un prejuicio ideológico de carácter racista; por lo tanto, sólo válida en el discurso del racismo.

 

Entramos así en el tema del artículo: la falsa sinécdoque, que se construye no a partir de una contigüidad real sino de una asociación ideológica. La locomotora echando humo es legítima sinécdoque del ferrocarril histórico. Aún hoy puede vérsela en la señalización de algunos pasos a nivel. Pero la raza blanca y su color de piel no es sinécdoque legítima del bien, ni la negra del mal. En un lavabo público, la puerta del de mujeres se señalizaba con el pictograma de un lápiz labial. Sinécdoque injusta que define a las mujeres por la cosmética: seres “superficiales”. Dime con qué asocias a las mujeres y te diré si eres o no machista.

 

En una célebre película sobre la vida de un grupo de homosexuales, la primera escena era un travelling que recorría el estante de un lavabo repleto de productos de cosmética femenina (sinécdoque de la hipotética dueña de casa). El viaje de la cámara se detenía en un fragmento de la bañera llena de agua de la que sobresalían las piernas velludas de un hombre. Todo un retrato de la ideología oficial acerca de la homosexualidad: “alma de mujer en cuerpo de hombre”. Falsa sinécdoque hija de un prejuicio, de un lugar común que no se ajusta a la realidad y la sustituye por una realidad imaginaria.

 

En varios países latinoamericanos, a los españoles se les llama “gallegos” (falsa sinécdoque); y todos los gallegos son “brutos” (otra falsa sinécdoque). En España, en cambio, el sambenito de los gallegos no es precisamente la torpeza sino la astucia, la actitud elusiva, escurridiza.

 

¿Qué tiene esto que ver con las profesiones de la comunicación? Pues, todo que ver. Desde los aciertos y los errores en los titulares y los lemas hasta los aciertos y los errores en los símbolos icónicos. Unos famosos profesionales del branding le hicieron decir a su cliente: “COLOMBIA ES PASIÓN” (falsa – y temeraria – sinécdoque). En la página web del Ayuntamiento de Barcelona (lo comenté en un artículo anterior), para ilustrar la consigna “Ciudad de la diversidad”, el publicitario recurrió a la imagen de una parejita gay (falsa sinécdoque). La homosexualidad no es sinécdoque real de la diversidad pues ningún colectivo diferenciado puede remitir, per se, a todos los demás. Esos jovencitos tampoco representan a la homosexualidad sino al estereotipo gay, hijo del prejuicio (falsa sinécdoque: la mayoría de los homosexuales no son gays).

 

Una campaña feminista ilustra su declaración antimachista con una tijera y un par de huevos (de gallina). Una metáfora válida, socialmente convencionalizada en castellano por la similitud con los testículos. (Las campañas inglesas de este colectivo habrían usado dos nueces y un cascanueces). Pero el mensaje incurre en una falsa sinécdoque: todos los hombres tienen “huevos”, pero no todos son machistas ni, mucho menos, merecen ser castrados. Se trata de un mensaje claramente racista.

 

Para captar votos de “bolsas electorales” desaprovechadas, líderes de partidos de ultraderecha europeos, superando ancestrales ascos, se abrazan con personajes homosexuales, intentando persuadir a este “colectivo” de que en sus brazos estarán a salvo de su “verdadera amenaza” que es la homofobia del Islam. Y algunos grupos LGTB víctimas de esa falsa sinécdoque, apoyan la política de esos xenófobos.

 

Generalizaciones abusivas y éticamente injustas, simplismos, reduccionismos, sectarismos, dogmatismos, fanatismos, fundamentalismos, racismos, xenofobias, misoginias, homofobias… tienen en la falsa sinécdoque un arma insustituible, eficaz para persuadir al rústico, al corto, al inculto, al pusilánime, a la masa de zombis consumistas. Precisamente, gracias a este (y otros) subterfugios, Hitler ganó las elecciones democráticamente. Como Trump. Como Macri.

 

La ideología y sus astucias es más letal que cualquier arma bacteriológica.  No hay otra vacuna que una ética sólidamente respaldada por la inteligencia; y la disciplina, ante temas críticos, de pensar dos veces lo que vamos a decir antes de que se nos escape una barbaridad (de “bárbaro”: sinécdoque lexicalizada que identificó el término latino “barbarus”= “extranjero” con lo “inculto” de los no-romanos y no-griegos).

Notes