Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

La intervención anti-urbana

Subtítulo

Los condicionamientos socioeconómicos de las intervenciones aceleradoras del flujo urbano y su objetivo desurbanizador. El carácter perverso de los programas de modernización, condiciones e inhibiciones para una actuación no depredadora, y desafíos al perfil ideológico e idoneidad cultural de los actores.

Body

Un factor hegemónico

La asignación de sentido al hecho urbano es fruto de la práctica no concertada y contradictoria de la totalidad de los actores urbanos en su papel de agentes simbolizantes espontáneos. Y, en este papel, obran tanto los habitantes, en el sentido de “residentes”, como todo “observador” externo. La imagen externa de la ciudad es un factor dinámico que incide directamente sobre su propia identidad: en el significado “Venecia” el imaginario externo tiene un papel tan importante como la autopresentación de los venecianos y, desde más de cinco siglos, viene incidiendo directamente sobre dicha autorepresentación.

Esta democracia en la práctica simbolizadora, deja de ser tal en las intervenciones físicas de escala urbana. Los proyectos urbanos reconocen un repertorio muy limitado de actores, generalmente concertados y en proceso de concentración. Y dicha centralización progresiva de la intervención urbana tiene sus orígenes en un proceso de cambios que ha alterado el propio concepto de ciudad al alterar su modo de vinculación con el sistema económico.

El hecho urbano ya no es sólo el espacio en el cual concurren los distintos actores sociales para materializar su vida de relación y constituir una comunidad. Ya no es el mero contenedor y símbolo del intercambio, sino bien intercambiable él mismo, y esto altera estructuralmente el concepto de hábitat: la “plaza”, ámbito del mercado, ha devenido ella misma, mercancía.

Y ha devenido mercancía no sólo como infraestructura física sino como puro nudo de flujos. Cuando un mendigo vende su puesto a otro mendigo no está enajenando “suelo urbano” sino un punto de contacto con el flujo, una posición privilegiada dentro de la trama circulatoria. Y ese privilegio no sería tal si no fuera por la primacía de lo ocasional en el hecho económico: todo punto de alto flujo es potencialmente un “convenience store”: un punto de compra por oportunidad, o sea, por impulso reflejo ante estímulos.

Esta mercantilización de lo intangible completa el proceso de saturación comercial de la sociedad: el dinero deviene signo común de todo lo real, incluido lo urbano, y el capital, principio hegemónico. En tanto lo urbano en todas sus dimensiones es mercancía, el agente urbano esencial es el capital. Todos los demás actores son, directa o indirectamente, arrendadores o intermediarios. Esta hegemonía tiene incidencia directa y visible sobre la vida y la evolución urbana: el capital modela la ciudad siguiendo las curvas de los índices de interés.

Y ese movimiento es el que condiciona los propios contenidos del cambio urbano y, por tanto, programa las intervenciones intencionales. Por una suerte de mecanismo homeostático, el capital se desplaza hacia las zonas cuya evolución espontánea ha creado las condiciones para un crecimiento del beneficio, e interviene sobre ellas acelerando el crecimiento de esos índices; altera así el campo, motivando nuevos cambios espontáneos que alentarán nuevos desplazamientos financieros.

Las inversiones en infraestructuras urbanas (circulatorias, higiénicas, comunicativas, energéticas, etc.) en zonas degradadas pero de alto interés simbólico y paisajístico (centros históricos) levanta el valor del suelo urbano, previamente adquirido a bajo precio por los inversores. Y las inversiones en reciclaje arquitectónico incrementan el valor final de los inmuebles y los dirigen a mercados más altos, lo cual incide directamente en un recambio sociológico de la zona, con la consiguiente modificación de las actividades y estilos de vida y de consumo.

El interés paisajístico propio del área es potenciado por la creación de nuevos focos de interés, por sus usos y valores espectaculares (museos, centros de esparcimiento, de diseño “vanguardista”). Y la peatonización de las calles, argumentada como freno al automóvil y mejora de la calidad de vida, facilita el flujo de personas en calles de interés comercial y aproxima el cuerpo del consumidor a los puntos de oferta al impulso.

Ambas acciones concertadas, al aumentar el flujo, hacen que se disparen los precios de los potenciales puntos de venta; lo cual incide en la inmediata expulsión de los propietarios originales (pequeños comerciantes proveedores del mercado barrial) que son reemplazados por nuevos comercios dirigidos al flujo, generalmente “cadenas”.

El sentido de la metamorfosis acaecida en la zona es nítido: se ha sustituido un barrio de residentes, que creara orgánicamente un hábitat adaptado a su cultura, por una zona de flujo: transeúntes fugaces motivados por el interés espectacular, escenográfico del área, y por la oferta de puro consumo simbólico e impulsivo.

La amplia mayoría de las intervenciones urbanas actuales pueden legítimamente considerarse como urbanamente superfluas y, en gran parte, nocivas. Se trata de agresiones autoritarias del capital sobre el hábitat para instrumentarlo como oportunidad de negocio. La necesidad de la intervención no está en lo intervenido sino en los interventores.

En tanto el capital inmobiliario no es sino capital financiero canalizado hacia el mercado inmobiliario, no podemos hablar de “actor social” en sentido clásico: la hegemonía no la tiene ya una clase social que, a la antigua usanza, obraría conforme los dictámenes de su peculiar ideología que, a su vez, legitimaría unos privilegios sociales y económicos. Una lectura del fenómeno urbano que lo conciba sólo como resultado o producto de la confrontación-negociación de intereses de los distintos “actores sociales” deja fuera la mitad de la realidad. A la nueva realidad la “sociología urbana” clásica le queda chica.

Por encima de ese “drama urbano” interpretado por sujetos colectivos e individuales reales, otro plano de relaciones sistémicas, relativamente autónomo del anterior, condiciona la realidad urbana de un modo directo y conforme otros principios.

Ese universo es el de los flujos, concepto clave de la sociedad de masas, de consumo y del espectáculo; categorías todas ajenas a lo social en sentido clásico y ajenas, por tanto, a todo “actor”, en sentido clásico. Más que “actores” se trata de “factores” o “vectores” abstractos, condicionadores y reproductores de un sistema mediante un mecanismo de autorregulación, respecto del cual los sujetos sociales concretos no son más que operadores.

El “factor dominante” - que no clase dominante - es el capital financiero, operado por analistas de mercado a cargo de su rentabilización. La única “ideología” realmente operante detrás de las intervenciones urbanas es la que legitima la dinámica, automática y ciega, del capital, su lógica elemental: la autorreproducción. El derrotero del cambio urbano ya no lo traza una ideología urbana sino una técnica económica: el márketing de la pulsión. Capital financiero y consumo masificado son dos rostros del mismo fenómeno y operan conforme legalidades compatibles y mutuamente potenciadas.

Intervenir en nombre de quien

La proyectación urbana se produce en, y sólo en, el contexto anterior. No hay proyecto urbano sin agente económico concreto; y ese agente económico definirá la índole del programa, inscribiéndolo en uno de aquellos dos planos de la realidad urbana, o en ambos, en caso de intervenciones mixtas.

Las intervenciones urbanas varían, entonces, conforme a aquel modelo, desde la creación de hábitat propiamente dicha hasta la explotación del mercado del flujo, pasando por formas intermedias en que el programa especulador se articula con programas de interés habitacional para alguno de los “actores urbanos” reales.

No obstante, una ecuación bastante exacta parece señalar que el carácter urbano propiamente dicho del programa es inversamente proporcional a la escala urbana del mismo. A mayor envergadura del operativo, mayores compromisos financieros, mayor servidumbre a las exigencias del mercado del flujo y mayor distancia de las matrices urbanas propiamente dichas o sea, culturales.

Los programas de mayor contenido urbano son los emanados directamente de los actores sociales concretos, o sea, aquéllos que obran sobre el hábitat desde una determinada cultura: tal el cliente individual no masificado, tal el servicio público no instrumentado como argumento político, tal la organización extra mercantil y no gubernamental; o sea, casos prácticamente marginales.

En ese contexto, puede leerse ahora de modo muy distinto el problema de la identidad urbana: la identidad urbana es una categoría exclusiva del plano de los actores urbanos en sentido estricto y ajeno al plano del flujo urbano. Y una intervención favorable sobre esa identidad sólo puede ser realizada en ese nivel.

Pero el nivel urbano, o sea, el de los actores urbanos y su hábitat, va perdiendo hegemonía sobre la ciudad; el proceso de concentración lo ha descapitalizado: los clientes, en el sistema de los actores, son escasos y sus bajos recursos los inhiben para asumir intervenciones de escala urbana: la ciudad se desurbaniza. Las urbes, en manos del capital financiero, tienden a desindentificarse inevitablemente, redefiniéndose como centros de flujo. Lo que en la ciudad propiamente dicha es “identidad”, en el centro de flujos es “tema”: dos conceptos prácticamente antagónicos.

Por lo anterior, una intervención urbana que obre en nombre de la identidad urbana soslayando las fuerzas que se oponen a ese objetivo puede considerarse claramente utópica. En la etapa del capitalismo avanzado, coincidente con el modelo cultural de la posmodernidad (Jameson) ya no es posible obrar consecuentemente a favor de la cultura urbana sin enfrentarse al poder.

En el contexto de mercados muy agresivos en inversiones urbanas y con clara hegemonía del modelo neoliberal, esta condición resulta insalvable. La sola formulación de dos programas urbanos hipotéticos, inscriptos en las dos modalidades polares de intervención, permitirá evidenciar los distintos grados de factibilidad de ambos y sus distintas incidencias en el tipo de intervención.

Programa A:

Creación de una zona de nueva planta articulada en torno a una actividad troncal, novedosa o insólita, que obre como tema de referencia para el sistema de nuevos comportamientos, consumos y estilos de vida, por lo tanto, como paradigma de la segmentación socioeconómica del mercado inmobiliario y como eslógan de la promoción del emprendimiento, que motive la concurrencia de inversores. Y que, a la vez, sirva como símbolo de la pujanza municipal y como argumento de la proyección internacional de la ciudad y como foco de interés para el público consumidor mundial.

Programa B:

Creación de un área de nueva planta que potencie la evolución socioeconómica y cultural de la ciudad y su identidad histórica, desarrollada o larval, instalada o no en la opinión general, respetando los valores y modelos de integración social y los sistemas de actividades usos y costumbres vigentes y contiguos, y completándolos con aquellos servicios que los exalten y optimicen resolviendo necesidades insatisfechas de la zona y/o de la ciudad en su conjunto, conforme las prioridades marcadas por un desarrollo armónico y culturalmente sostenible.

El programa A es un caso calcado sobre las intervenciones lideradas por el “márketing urbano”; materializa el avance del capital financiero sobre la ciudad y su resignificación como puro producto de consumo masivo, cuyo arquetipo es el parque temático. Dicho programa plantea escasos desafíos al arquitecto: el proyecto está claramente inscripto en el mercado de oferta, o sea, en el mercado de la innovación. Ello implica que la oferta lleva “la voz cantante” y la “demanda” no es tal sino simple expectativa de consumo. Si el programa de márketing es técnicamente riguroso, dicha expectativa reaccionará positivamente ante la propuesta innovadora. O sea, la inversión habrá sido un buen negocio.

El programa B, en cambio, responde a un enfoque puramente urbano, marcado por una concepción que reconoce la existencia de una realidad sociocultural, la ciudad, un organismo vivo que debe gestionarse con el objetivo de preservar su salud y desarrollo positivo. Aquí, las preexistencias no mercadotécnicas (trayectoria, tradición, patrimonio, cultura, necesidades sociales, etc.) son consideradas como datos de entrada principales y no meros matices retóricos derivados del estudio del mercado.

Es evidente que la factibilidad del Programa B, requiere condiciones políticas opuestas a las que generan el programa A. Ausentes aquéllas condiciones alternativas, el segundo, en caso de aplicarse, sólo alcanzará el carácter de un puro discurso encubridor: el programa urbano será la forma perversa de programa de marketing.

Hacer ciudad desde la ciudad

Toda reflexión sobre los contenidos o referentes de una determinada intervención urbana debe, por lo dicho anteriormente, arrancar de una clarificación, un “blanqueo”, de sus orígenes concretos. El referente primero y fundamental de toda intervención se ha de buscar en su propia raíz: ¿por qué se ha de intervenir? ¿por qué actuar en vez de dejar las cosas como están? ¿cómo se ha tomado la decisión de intervenir? ¿de quién ha sido la idea?.

 

En la respuesta a la pregunta por el origen de la intervención está contenida gran parte del sentido de la misma y, por tanto, de la naturaleza de sus referentes. Pues el disparador no es inocuo sino vinculante. ¿Se trata de llenar un vacío, completar una realidad incompleta que reclama una acción correctiva, o, por el contrario, de modificar a propio arbitrio un lugar en sí mismo acabado, un lugar que nada reclama?. ¿El origen está en una potencialidad objetiva detectada por una conciencia totalizadora, o en un impulso sectorial que se proyecta sobre el medio para modificarlo conforme a intereses también sectoriales?. ¿La intervención es terapia o agresión? ¿Consiste en ayudar a la ciudad a que sea lo que es o doblegarla a la voluntad individual de quien interviene?.

Deberíamos hallar algún indicador mínimamente objetivo que nos permita discriminar entre una actitud esencialmente interpretativa y una actitud imperativa sobre el entorno; entre un abordaje que respeta la evolución interna de la ciudad y un abordaje que la invade y agrede autoritariamente, cualquiera fuesen las condiciones históricas que lo respalden.

Una respuesta a la pregunta por el origen de una intervención urbanamente válida debería argumentar la existencia de una situación crítica en la trama urbana, cuya solución pasaría por la intervención en ese punto. El desarrollo armónico de la ciudad se vería favorecido con dicha intervención. O, dicho más gráficamente: la intervención surgiría como una forma de cicatrización natural de una herida: el propio cuerpo urbano, mediante la intervención, autoproduciría su salud.

Dicha decisión de intervención constituye - larval o desarrolladamente - una primera interpretación del “debe ser” de esa ciudad; la detección de unas aspiraciones potenciales de equilibrio u optimización en el discurso de la permanente estabilización-desestabilización que constituye la historia urbana, o sea de la evolución de la ciudad como un todo.

Y aquí aparece otra incógnita. ¿Existe en la realidad algo que podamos denominar “la ciudad como un todo” para que podamos pensarla como tal y, consecuentemente, intervenir considerando esa totalidad?. Más allá de las múltiples ciudades imaginadas y vividas como tales por los distintos grupos sociales ¿existe una que las integre y supere, cuya historia resulte inteligible, o sea, regida por algún tipo de legalidad?. O, lo que es lo mismo planteado desde el lado del sujeto: ¿es posible una interpretación “objetiva”, en el sentido de totalizadora, de lo urbano y su proceso de cambio?. ¿Cuál es el sujeto interpretante válido?. ¿Desde qué espacio social es posible esa interpretación exenta de condicionamientos sectoriales?. ¿Quién puede sostener parafraseando al monarca, “la ciudad soy yo”?.

Una acción profesional que obre “por encima” del comitente, en servicio a presuntos intereses globales de la comunidad urbana, que pueda pensar la ciudad por encima de actores individuales y flujos masivos - aparte de su azarosa factibilidad político-económica - se enfrenta con un desafío que, según como, puede considerarse un impedimento: requiere un desarrollo cultural extraordinario que logre traspasar los frenos que impone el contexto, ya no sólo sobre la producción arquitectónica sino, más profundamente aún, sobre el desarrollo humano y cultural.

Uno de los síntomas de la crisis cultural es la pérdida de universalidad de la producción, especialmente en los llamados “géneros cultos”. La literatura, la música, el teatro, la danza, las artes plásticas, salvo honrosas excepciones, degradan al carácter de prácticas clasistas, férreamente ancladas en los gustos y predilecciones particulares de un sector. O, peor aún, degradan al carácter de “entretenimiento”, o sea, productos de consumo lúdico masificado. Lejos de eximirse de ambas degradaciones, la arquitectura es uno de los ámbitos que ha caído más estrepitosa, asumida y festejadamente en ellas: la diferencia entre Gehri y Spielberg es, en caso de existir, mínima.

A pesar de la contundencia de dicha crisis, e, independientemente de la viabilidad de su superación, para avanzar en la caracterización de un abordaje totalizador del hecho urbano y, por tanto, de una intervención urbana de validez global, será necesario superar las incógnitas planteadas más arriba y darles una respuesta por la positiva. Aunque más no sea a título hipotético deberíamos sostener que sí existe una realidad urbana trascendente y, por tanto, sí es posible una interpretación y una actuación totalizadora. Intentemos fundamentar esa hipótesis.

La heterogeneidad social y cultural inherente al hecho urbano genera, inevitablemente, lecturas también heterogéneas del propio sentido del habitar; pero, así como en otros campos de la cultura, en la cultura urbana pueden detectarse sentidos compartidos, más derivados de dimensiones idiosincrásicas que de ideologías de clase o sector. Son esas dimensiones las que harían factible una lectura común, de mayor validez trans-sectorial. Si es posible hablar de una cultura nacional y compartida en cierto grado por el conjunto de la comunidad; podrían también reconocerse ciertas recurrencias culturales en cada formación urbana concreta.

Cierto es que la verosimilitud del objeto no vuelve verosímil la capacidad para interpretarlo; pero, al menos, nos habilitan a esa aventura. Y lo primero a definir, en esa búsqueda, sería la naturaleza de dicho discurso totalizador, para lo cual habría que desentrañar su misión.

Dicho discurso correspondería a un pensamiento urbano que registre una serie de recurrencias simbólicas en la cultura urbana concreta y detecte su carácter sistémico, o sea, su necesidad. Se trataría de apresar tipos urbanos, entendidos no sólo como formas materiales sino como el vínculo de éstas con los usos urbanos y, por ende, apresar el sentido que nace de ese vínculo.

Tal registro podrá diagnosticar, fundadamente, o bien una insuficiencia, o bien una potencialidad, y, más aún, descubrir la dirección de un cambio satisfactorio que reafirme la identidad urbana, acentúe sus rasgos más alusivos y los enriquezca con valores nuevos; un proceso por el cual la ciudad cambie para parecerse a sí misma.

El proyecto así orientado introducirá cambios que el cuerpo urbano incorporará como propios, naturalizándolos y disolviendo toda huella de la intervención. El nuevo hecho ocupará su lugar entablando una sólida relación, en lo sintáctico, en lo retórico y en lo semántico. Consecuentemente, dicha intervención eludirá todo cambio o incrustación que mutile los valores del contexto o agregue situaciones traumáticas en lugar de superarlas.

En tanto totalizador, dicho discurso excede necesariamente el ámbito de lo racional; en él, la racionalidad no es más que una dimensión parcial. Una comprensión integral del hecho de hábitat es, necesariamente, una comprensión a partir de las matrices de la cultura, que son las que rigen el sentido del habitar.

El registro del sentido del contexto urbano es una experiencia que se produce con anterioridad a la intelección propiamente dicha y abarca un universo más rico y amplio que el estrictamente racionalizable. E, incluso, constituye un universo sólo parcialmente verbalizable.

En tanto objeto de análisis, el hábitat puede ser abordado desde las plataformas categoriales de varias disciplinas teóricas, que darán razón de distintos aspectos o dimensiones de su realidad. Pero en tanto campo de actuación material, no puede ser objeto de disciplina teórica alguna; pues toda intervención exige una interpretación del hábitat en tanto tal, o sea como expresión de la totalidad de la vida de una comunidad.

Ninguna disciplina científica, per se, puede dar razón de una intervención urbana y el manido recurso de la “interdisciplina”, como forma de ampliación del registro, no es sino un ingenuo esfuerzo racionalista. Lo que salva el vacío no es un incremento de los ángulos de la mirada de la razón sino una apropiación cultural, en el sentido duro del término, o sea, vital.

La totalización del hecho urbano no es fruto de la sumatoria de racionalidades sino de la integración de todos los planos de la experiencia habitacional, un haz de vivencias en el cual la razón sólo es una; pues se trata de dar expresión a una experiencia, la de habitar, que es, en lo esencial, inefable. El registro del sentido del hábitat, sus plenos y sus vacíos, sus formas acabadas y sus “ausencias elocuentes” oscila inevitablemente entre el estupor y el hallazgo poético.

Esta aproximación al sentido de los espacios urbanos en su manifestación más universal, menos sesgada, reclama un sujeto de una alta sensibilidad e inmunizado contra las desviaciones profesionales y debilidades de sector; un sujeto ecléctico, con mayor vuelo intelectual que profesionalidad. Pues no se trata, en sentido estricto, de un “profesional”, un “especialista” o un “técnico”; sino de un intérprete cultural cuyos “instrumentos” son la memoria y la conciencia de los rasgos claves de la identidad urbana y sus líneas de evolución. Un intelectual más instalado en lo étnico que en lo técnico: la propia matriz cultural urbana autointerpretándose.

La intervención sobre la realidad urbana requiere de una suerte de literato que sepa escribir para toda la comunidad, es decir, que su texto resulte valioso para todos sus miembros aunque cada uno haga, inevitablemente, su lectura propia y distinta. El desarrollo urbano saludable requiere que sea puesto en manos de un auténtico “historiador de la ciudad” un par y colega de los demás actores de la cultura en sus manifestaciones más universales: músicos, dramaturgos, poetas, pintores, actores.

Semejante responsabilidad excede, obviamente, las capacidades de un arquitecto; al menos aquéllas propias del tipo de arquitecto que genera la sociedad orientada al consumo: un profesional parcializado, educado en unas estéticas de sector puestas al servicio de los reclamos del mercado.

Sometida a duros condicionamientos socioeconómicos y culturales, la profesión de arquitecto ha ido abandonando su vocación e idoneidad interpretativa del contexto urbano, suplantándola por un mero ejercicio de estilización o manierización de programas aislados. Esta estilización, además, se produce conforme un repertorio de paradigmas formales limitado, por lo general, a dos o tres lenguajes dominantes sometidos a las servidumbres de la moda. Y tales paradigmas se proyectan arbitrariamente sobre el contexto urbano a partir de decisiones tomadas en niveles de pertinencia ajenos a lo urbano propiamente dicho.

Ejemplos diáfanos del fracaso interpretativo de los referentes, en áreas saturadas de ellos, son el puerto viejo de Barcelona, transformado en un anecdotario temático sólo afín a la curiosidad del extranjero; y, en Buenos Aires, la remodelación de la ribera del Riachuelo en su zona más emblemática, grotesca decoración amanerada del paisaje más poéticamente duro de la ciudad.

Esta nueva praxis, claramente extra-arquitectónica, ha ido engendrando un nuevo tipo de sujeto técnico. Por un proceso de mutaciones, de generación en generación el arquitecto ha ido desarrollando una mentalidad puramente retórica, dedicada a concebir “objetos”, “productos” aislados, y ajena a toda consideración de tramas de sentido.

La profesionalización del arquitecto, en el mejor de los casos, ha conducido a un máximo ajuste de la capacidad proyectual a los programas del mercado en desmedro de una labor que, simultáneamente, integre esos proyectos en un proceso de desarrollo armónico de la urbe. Una labor excesivamente unidimensional ha pulverizado la recreación de tejido urbano. El arquitecto posmoderno (quizá, mejor, “posarquitecto”) - cualquiera fuera su estética - no es más que el brazo ejecutor del proyecto de desurbanización implícito en el modelo de la sociedad de consumo.

Notes