Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

Más allá del escándalo

Subtítulo

La consciencia cultural después de la posmodernidad

Body

1.El núcleo sistémico: la disolución de lo social

2.Su reflejo arquitectónico: el escenario de la ficción

3.Un saludable cinismo: humano es lo que hay

4.La naturalidad insurgente: la vida en grieta 

Advertencia

Pensar lo social es pensar sólo alguna de sus dimensiones: la sociedad no es totalizable por la razón.

Si algo caracteriza a la consciencia histórica a partir de la segunda mitad del siglo XX es ese progresivo e irreversible renunciamiento a la totalización: cierta creciente humildad de la razón, otrora omnipotente.

La autocrítica de las ciencias – incluso de las ciencias “duras” – va desdibujando las fronteras entre la razón y la intuición. Entre la ciencia y la experiencia.

Les hablaré, por lo tanto, desde una determinada manera de habitar el mundo, de estar en él a partir de unos valores también determinados. Será esta una charla en cierto modo íntima, “confidencial”.

Pero no necesariamente individual. Esa experiencia excede la individualidad pues, al tratarse del contexto social dominante, se extiende a toda mirada mínimamente sensible.

Si algo distingue nuestra época de los años 60 es el que lo sistémico ya no requiere procesos de decodificación, pues está a la vista: las relaciones de poder se han desembozado.

Sólo nos referiremos a una tendencia o proceso dominante, dejando de lado lo que consideremos excepciones o supervivencias.

Esa tendencia tiene su núcleo en el epicentro del capitalismo financiero; pero, por la propia lógica de éste, se expande mundialmente: la “globalización” no es sino el eufemismo con que se ha bautizado esta hegemonía.

Hablaré, entonces, desde Europa y los polos de poder mundial. En su momento relativizaré mis hipótesis para absorber situaciones mixtas como, por ejemplo, la de América Latina.

Pero, por otra parte, el conocimiento del modelo hegemónico es indispensable para comprender todo proceso o proyecto de cambio, toda vía alternativa.

1. El marco sistémico: la disolución de lo social

Para analizar las características esenciales de la producción arquitectónica contemporánea es inexcusable partir del modelo socioeconómico en que se inscribe.

Ese marco lo brinda el modelo que ha ido cristalizando durante las últimas décadas del siglo XX y que hoy está ya generalizado; sintéticamente: el neo-liberalismo dirigido por el capital financiero.

Este criterio de análisis tiene dos sustentos: uno teórico, el otro empírico:

-       La arquitectura no es – como se llegó a sostener – un sistema autónomo respecto de su contexto socio-económico. Dicho de otro modo: la historia de la arquitectura no es más que una Historia Social disimulada detrás de los edificios.

-       La articulación de la arquitectura con los dictámenes del capital financiero, su simbiosis, ya es un hecho de titulares de periódico. Como dijimos, ya no hace falta realizar ningún esfuerzo de decodificación.

O sea, el modelo no sólo cuenta con una copiosa bibliografía sino también ha tomado estado público: “Fondos buitre” no es una metáfora.

Este modelo tiene varias características que se inician con el concepto de posmodernidad, curiosamente de origen en la arquitectura. O, siguiendo  a Zygmunt Bauman, “modernidad líquida”.

La obra de Fredric Jameson “El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado” lo dice todo ya desde su título: no se trata de una corriente sino de la fase superior del desarrollo capitalista.

Esa nueva modernidad es “líquida” pues la sociedad de masas es, también al decir de Bauman, la sociedad de los individuos, un oxímoron.

Se han disuelto los lazos intersubjetivos, los individuos se comportan como los granos en un silo: no hay ningún aglomerante, nada los une entre sí.

Ese aglomerante era precisamente lo social. Se ha disuelto lo social, que creíamos un componente esencial de la condición humana.

Al decir de Paolo Fabbri: “hemos padecido durante demasiado tiempo una idea demasiado social de lo social”.

La sociedad de masas, o sea, de flujos, instala lo pulsional en el núcleo del consumo, que deviene así “consumismo”.

E instala el consumismo en el núcleo del funcionamiento socio-económico, consumismo que no consiste en disfrutar del bien adquirido sino de la pulsión a adquirir.

Esta pulsionalidad obra como respuesta automática a estímulos primarios: sensación, estridencia, sorpresa, atipicidad, extravagancia, transgresión, enfatismo… Sobreestimulación que capta una atención no mediada por la consciencia: el sensacionalismo.

Una dinámica estresante que el poder denomina “creatividad” e “innovación” y los considera “motores del desarrollo económico”.

Esta característica del entorno incluye al propio individuo, que deviene, él mismo, metalenguaje, soporte de la ficción: cuerpo y comportamiento forman parte de la representación mediática. De la indumentaria al disfraz. De lo cosmética al tatuaje. De la experiencia a la imagen de la experiencia.

Ese cuadro se corresponde con la disolución del sujeto: desaparición del yo y, por lo tanto, del otro, de la alteridad, desaparición del pudor, renuncia a la personalidad, mimetismo voluntario, masificación, ausencia de patrones personales y sociales.

En síntesis: desaparición de la cultura. Por primera vez en la historia estamos enfrentados al hecho, ya no de la diversidad cultural, sino de la absorción de la cultura dentro de lo extra-cultural: la barbarie.

La cultura se disuelve y es sustituida por el consumo de entretenimiento. El mundo deviene un gigantesco parque temático y el individuo, un ente trashumante: aquello que Pasolini denominó, ya allá por los 60, “mutación antropológica”. Oigámoslo en sus “Cartas luteranas”:

La pérdida del prestigio ‘infundado’ de todos los valores de una cultura entera no puede dejar de producir una especie de mutación antropológica, no puede dejar de causar una crisis total (…) Se trata, insisto, de la pérdida de los valores de toda una cultura; valores que, sin embargo, no han sido sustituidos por los de una cultura nueva (a menos que tengamos que ‘adaptarnos’, como por lo demás sería trágicamente correcto, a considerar ‘cultura’ el consumismo).

Tres procesos indican esa mutación:

-       resignificación de lo cultural como espectáculo

-       sustitución de lo cultural por los géneros de masas

-       vacío, o sea, droga/consumo

Retomando la advertencia inicial, debemos señalar que esa disolución no implica ausencia de vida cultural: sólo indica que la vida cultural no hegemoniza el desarrollo social sino se aloja en espacios marginales.

2. Su reflejo arquitectónico: el escenario de la ficción

El contexto anterior condiciona la arquitectura en todas sus instancias; pues los programas surgen de la lectura de la nueva demanda. La arquitectura, incluso la “mejor”, no es fruto de una propuesta sino de una respuesta adaptada al mercado de consumo. El modelo es el rating.

Lo que va configurando el entorno es la retroalimentación de producción y consumo arquitectónico: parque temático, autopista, aeropuerto, centro comercial, supermercado, centro cultural, espacio urbano, arquitectura corporativa, auditorio, teatro de la ópera, museo… son el no-lugar de la no-sociedad actual.

Pero este entorno ya no puede caracterizarse como arquitectónico en sentido estricto. Pues si el hábitat es el espacio del sentido, el lugar del consumismo ya no lo es: el flujo consumista habita el no-lugar.

Lo arquitectónico entra en el consumo como una mercancía más: objeto de consumo icónico. Visitable, fotografiable, apropiable, no como hábitat sino como mercancía-espectáculo.

La mirada del consumo abstracto no se detiene en lo real sino en su apariencia fugaz, cambiante. La ciudad posmoderna es un mundo de fantasmas ambulantes que consumen fantasmagorías.

El modelo del sujeto posmoderno no es el habitante sino el vagabundo, el trashumante ávido de iconos que llenen el vacío creado por la desaparición de su interioridad.

La desaparición del habitante conlleva la desaparición del hábitat. Ya no se puede hablar de vivienda, pues hoy en ella se prolonga la calle comercial a través de la televisión y de Internet.

Lo privado es invadido por el mercado y el mercado es invadido por lo privado: el televidente sale a la calle en paños menores; pues la desaparición de la alteridad aniquila el sentimiento de pudor.

El sujeto posmoderno es un no-sujeto, un ser privado de intimidad: la frontera entre lo público y lo privado se desdibuja.

Lo que observábamos en la transformación de lo cultural se refleja inevitablemente en la arquitectura:

-       La resignificación: el patrimonio deviene espectáculo

-       La sustitución: la arquitectura deviene hecho mediático

-       El vacío: el entorno es invadido por factores extraculturales

El autor de la arquitectura es hoy el beneficio financiero, tanto por la vía de la especulación (arquitectura basura) como por la vía del incentivo del flujo (arquitectura espectáculo).

Entre esos dos polos se sitúa el grueso de la producción arquitectónica actual. Sólo encontraremos, fuera de ese eje, casos minoritarios, excepcionales, que no representan la realidad ni marcan tendencia.

3. Un saludable cinismo: humano es lo que hay

Los primeros excesos de la posmodernidad tuvieron, en general, una buena acogida: se los vivió como una liberación del normativismo de los años 60. Parece ser lo propio de todas las catástrofes el anunciarse como una buena nueva.

Con la exacerbación de lo esperpéntico, ya a finales del siglo, el escenario que acabo de dibujar comenzó a ser fuente de escándalo. ¿¡Dónde iremos a parar!?

Pero, ya avanzado el siglo, las catástrofes socio-económicas comienzan a desnudar el sentido de esta “lógica cultural del capitalismo avanzado”. Al modelo ya no le queda margen de disimulo: debe obrar simplemente por la fuerza (Merkel).

Comenzamos a vivir esta fase como tal. No como una crisis pasajera sino como el acceso a una etapa distinta, inédita. La crisis es sólo mental: aceptar un mundo nuevo e irreversible.

Pasamos del escándalo a la comprensión de la lógica de los acontecimientos y, de allí, al reconocimiento de su irreversibilidad.

Esta nueva consciencia no implica necesariamente una complicidad con los hechos sino la superación de una falsa consciencia de la realidad social.

Nos acercamos a una concepción no arcádica, no humanista, no socialista de lo social. Estamos aprendiendo a mirar al monstruo de frente.

Hemos abandonado aquella “idea demasiado social de lo social”. Abandonamos una concepción de lo humano que, mediante un típico mecanismo de negación, ha excluido lo monstruoso, como si fuera algo ajeno, exterior, demoníaco, proveniente de los infiernos y no de la propia condición humana (el aterrizaje prohibido de Evo Morales).

El escándalo ante los acontecimientos “inaceptables” proviene de una concepción de la sociedad que excluye la contradicción, que no considera que lo destructivo forma parte de la naturaleza humana.

Se escandaliza el ingenuo, el cándido, el demócrata; aquel que cree que la democracia no es uno de los tantos modelos artificiales de organización social sino la forma “natural”, “intrínseca” de lo social.

La inseguridad, la violencia, la corrupción, no son eliminables; sólo es posible administrarlas. Lo que caracteriza nuestro estado es el equilibrio inestable. O sea, la ausencia de futuro.

Una consciencia debilitada por lo ilusorio, desarmada por el desconocimiento de la realidad, por su propia fobia a la verdad, viene a ser suplantada por una consciencia fortalecida por la objetividad.

Avanzamos hacia una concepción clásica, o sea, trágica de la sociedad. Y nos preparamos para habitarla con cierta capacidad para sortear sus peligros.

La utopía se resitúa: deja de constituir un proyecto de futuro para arraigarse como espacio de resistencia del presente. El reclamo es sustituido por el rechazo.

La célebre oposición entre apocalípticos e integrados, planteada hace décadas por Umberto Eco, ha mutado en su síntesis. Se expande un nuevo perfil existencial: el “integrado apocalíptico”.

Escuchemos a Bertolt Brecht en su poema “Hollywood”:

Para ganarme el pan, cada mañana

voy al mercado donde se compran mentiras.

Lleno de esperanza,

me pongo a la cola de los vendedores.

 

Del exorcismo del horror, o sea, de la cultura como gigantesco trabajo de duelo colectivo, pasamos a una aceptación del horror despojada de toda liturgia.

Una suerte de fatalismo se refleja, por una parte, en la alienación o servidumbre voluntaria; pero, por otra, se manifiesta en una consciencia trágica, superadora del drama, que mira de frente lo inexorable.

Esa consciencia está más allá del escándalo. En todo caso, su rebelión es más radical: ya no lucha por transformar la realidad sino para construirse a sí misma como alternativa: cambiarse a sí misma.

Una revolución interior que pelea por la autonomía. No cambiar el mundo sino, antes, cambiar la idea falsa que tenemos de él.

El fracaso de los planteos revolucionarios siempre ha provenido de un desconocimiento de la realidad humana. En el fondo, ni Rousseau ni Marx entendieron lo humano, apenas pudieron explicar lo social.

4. La naturalidad insurgente: la vida en grieta

No quiero cerrar esta exposición sin transmitir una toma de partido personal frente al escenario, objetivamente desolador, que acabo de describir.

Para ello, les propondré cuatro conceptos que asumiré como categorías clave de la supervivencia psicológica en dicho escenario: grieta, desdoblamiento, huida y naturalidad.

Me consta que estas ideas, lejos de ser fruto exclusivo de mi reflexión, vienen insinuándose en el pensamiento de Occidente desde hace varias décadas. Algunas de ellas ya forman parte de las fantasías colectivas de nuestra época.

La grieta

La consciencia del poder de lo sistémico no implica necesariamente una visión monolítica, cerrada, de la sociedad, ni una concepción consecuentemente fatalista de su historia: “hegemonía” no implica “saturación” y “condicionamiento” no es sinónimo de “determinismo”.

La propia dinámica histórica va abriendo grietas en el sistema, espacios de autonomía en los cuales no imperan sus principios.

Pero esas grietas no suelen ser evidentes. Sólo las detecta un espíritu capaz de una crítica radical, esto es, de las raíces.

El sistema se sustenta, precisamente, sobre la eficacia alienatoria de las falsas grietas, las “alternativas internas” o los “movimientos de reacomodación”. Tal ha sido esa falsa grieta llamada Obama.

Y sin ir más lejos, ¿qué es el sistema democrático sino una gigantesca falsa grieta en la mole del poder económico? ¿Qué es el “pacto social” rousseauniano (hoy llamado consenso) sino una enorme fantasía colectiva de igualdad, libertad y fraternidad?

Lograr atravesar el velo de ilusiones instituidas es la única vía de localizar la grieta real: disolver la ilusión de justicia, la ilusión de igualdad, la ilusión de verdad, la ilusión de libertad… único camino de la justicia, la igualdad, la libertad y la verdad.

Escuchemos ahora a Italo Calvino en sus fabulosas “Ciudades invisibles”:

El infierno de los vivos no es algo por venir: hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

 

El desdoblamiento

Lo que Calvino nos propone no es otra cosa que detectar la grieta y agrandarla.

Y al decir “el infierno que formamos estando juntos” no nos está proponiendo el cielo sino el desdoblamiento: habitar el infierno y construir, dentro de él, “lo que no es infierno”.

He propuesto superar la alternativa de Umberto Eco “apocalípticos o integrados” por una suerte de oxímoron: “apocalípticos integrados” (sin la conjunción disyuntiva).

Tanto los apocalípticos como los integrados practican el culto a la coherencia como valor supremo del individuo.

La estúpida idea de coherencia, asociada directamente a las de pureza o virginidad, es una idea de origen religioso que tiene dos únicas maneras de materializarse: la identificación plena con el infierno (“ser parte de él”) o el suicidio.

Si estás vivo, es señal de dos cosas: de que te has desdoblado o de que eres un alienado o un traidor.

Frente a un sujeto heroico, hipócrita (dado que come), aparece un sujeto lúcido, autoconsciente y, por ello, inexorablemente desgarrado.

Reiteremos aquella confesión de Brecht, de quien no puede decirse que sea, precisamente, un traidor:

Para ganarme el pan, cada mañana

voy al mercado donde se compran mentiras.

Lleno de esperanza,

me pongo a la cola de los vendedores

El hombre autónomo, el hombre libre, es aquel que ha logrado habitar dos mundos simultáneamente y acepta la imposibilidad de síntesis. Habita aquella “dialéctica en suspenso”.

Rechaza tanto la sumisión como la batalla inútil: dos formas de fracaso. Asume, sin conflicto, la negociación desde el repudio. Siguiendo a Nicolás Guillén asume que… “de su esclavitud, se avergüence el amo”.

Se trata de asumir el desdoblamiento como única salida: pues no se puede evacuar lo sistémico, pero sí abrir otros espacios.

Del “mal menor”, la “real politik” o el reformismo socialdemócrata, a la conquista de la autonomía, necesariamente relativa.

Y ese desdoblamiento nace como una desalienación en lo social. Nace con la destrucción de aquel constructo del imaginario social que colocaba a la sociedad en la cúspide de la condición humana.

Esa respuesta es la que nos permite comprender que es posible tener ideales sociales y, a la vez, no tenerle ninguna confianza a la sociedad.

Esta desalienación nos permite una reconducción de la libido, o sea, de las fuerzas de Eros, de la vida: del inútil combate a la construcción real; de la producción sistémica a la marginal; de la alienación a la conquista de la autonomía.

No se trata de la auto-marginación sino de una integración cauta en el drama social: sumarse y apoyar todo hecho positivo, aún sin tener fe en el triunfo definitivo.

Coherencia, purismo, idealismo, perfeccionismo, extremismo son, ante lo histórico, conceptos reaccionarios: la historia sólo se escribe con brocha gorda.

Y daré un ejemplo para huir de abstracciones que puedan conducir a una mala interpretación:

Quien escuda su oposición a los gobiernos populares detrás del argumento del populismo, la demagogia o la corrupción, es un reaccionario con piel de demócrata.

Política es corrupción. Diplomacia es perversión. Economía es explotación. Tómalo o déjalo.

Apoyar un fenómeno social no es mimetizarse con él. Y uno no es un santuario. Vivir en sociedad es ensuciarse sin olvidarse de la ducha.

No necesito preguntarles para saber que entre Uds. hay personas que se creen puras o aspiran a serlo. ¡No saben cuánto lo siento!

La huida

Pasolini nos hablaba del “intelectual fuera del palacio”. ¿A qué se refería? Quería decirnos que, a pesar de la inexorable colaboración con el sistema (su obra era también mercancía distribuida por el poder), el intelectual gozaba (o podía gozar, si se atrevía) de espacios de vida fuera de las murallas: espacios de libertad. Algo que él mismo materializó con su vida y pagó con su muerte.

Ese intelectual halla la grieta y huye a través de ella. Hay que hablar, entonces, de la Huida.

Amigo y contrincante de Pasolini, Calvino – en algún lugar que no recuerdo – sostenía que

Para un prisionero, fugarse siempre ha sido bueno y la fuga de un individuo puede ser el primer paso necesario para la fuga colectiva.

Para Borges – admirado por Calvino pero desde la acera de enfrente – el hecho estético era esa “inminencia de una revelación, que no se produce”. La libertad podría ser la inminencia de esa huida colectiva, que tampoco se produce. Y que, aún así, es irrenunciable.

Esa huida, por lo tanto, no coincide con el socorrido repliegue a la intimidad; menos aún con la inmersión introspectiva en la supuesta “profundidad” del yo o las oscuras grutas del inconsciente; caminos, todos ellos, que no conducen sino a la locura o el suicidio.

Se trata de huir hacia unas grietas en las que se han refugiado los valores humanos; grietas que, aún pequeñas, ya están habitadas por nuestros semejantes, aquellos que nos han precedido en cobrar esta consciencia.

Se trata de una re-colectivización, re-socialización; pues de lo que se huye es de la paradójica “sociedad de los individuos”.

Se trata del fortalecimiento de la comunidad, no organizada pero solidaria, de aquellos que no renuncian a su humanidad.

Ello exige desclandestinizar la búsqueda, darle estado público, lanzarla a modo de un SOS – “save our souls” – que convoque a aquellos que vienen recorriendo nuestro mismo camino.

“Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración”, confesaba Alejandra Pizarnik. Eso hay que hacer: huir de la soledad y el silencio, darle palabra a la búsqueda, hacerla vivir en el pensamiento. Y transmitirla.

Eugène Ionesco, sólo siez años más joven que Pasolini, publica en 1959 su relato “Rinoceronte”, fábula breve, compacta, metáfora exacta de la sociedad de masas. Preanuncia, con ella, la pasoliniana “mutación antropológica”: en aquel pueblo, los vecinos van uno a uno transformándose en rinocerontes: el protagonista y narrador de aquella catástrofe es el único que no logra mutar.

A diferencia del pesimismo radical de Ionesco, nuestro destino no es el del héroe individual, solitario, abandonado por una sociedad íntegramente bestializada. No somos los únicos, formamos parte de la comunidad de los resistentes. Brillante y premonitoriamente, el personaje de Rinoceronte acaba lamentándose de no haber renunciado a tiempo, consciente de la espantosa condición a que lo conduce la soledad. Oigamos su confesión final, la que cierra el relato:

Y por todas partes los bramidos, polvaredas, carreras incesantes… De nada me servía encerrarme en casa y ponerme algodón en las orejas: los veía hasta en sueños, por la noche.

‘No hay otra solución que convencerlos’. Pero, ¿de qué se les podía convencer? Las mutaciones ¿eran reversibles? Y además, para convencerlos, era imprescindible hablar con ellos. Para que reaprendiesen mi lenguaje (que además comenzaba ya a olvidar) tenía primero que aprender el suyo. Porque yo seguía sin distinguir un bramido de otro, ni un rinoceronte de otro rinoceronte.

Mirándome un día en el espejo, me encontré espantoso, con mi rostro pálido, alargado: me haría falta un cuerno, o incluso dos, para realzar mis rasgos vacilantes.

¿Y si – como me había dicho Daysi – la razón estuviera de su parte? Me había quedado atrasado, había perdido pie, era evidente.

Luego descubrí que sus bramidos tenían, en todo caso, cierto encanto, por más que fuesen ásperos, sin duda. Debería haberlo comprendido cuando aún estaba a tiempo. Intenté bramar, pero era débil, me faltaba muchísimo vigor. Esforzándome más sólo lograba emitir aullidos. Y aullar no es lo mismo que bramar.

Pero es evidente que no hay que dejarse llevar siempre por los hechos, y que es preciso conservar algún espacio de originalidad. Sin duda hay que tenerlo todo en cuenta: diferenciarse, sí, pero aún así… mantenerse entre nuestros semejantes. Ahora yo ya no me parecía ni a nadie ni a nada, salvo a una vieja foto pasada de moda que carecía de toda relación con los vivos.

Sentía crecientemente una conciencia dolida, desgraciada. ¡Ay, me sentía un monstruo! Nunca me transformaría en rinoceronte: no podía cambiar.

No me atrevía a mirarme en el espejo. Me sentía invadido de vergüenza. Y sin embargo… ¡Pero no podía! ¡Yo no podía, no, yo no podía!

La justa crítica a la evasión egocéntrica, a la ilusoria “salvación individual”, conduce normalmente a una también ilusoria propuesta de reinserción política en el sistema, tanto mediante la lucha parlamentaria como mediante la presión extraparlamentaria.

Falsas salidas que parten de la supuesta vigencia de la sociedad tradicional; una sociedad en que dominadores y dominados eran fuerzas en pugna; donde la rebelión tenía base social masiva con plataforma ideológica autónoma.

Esa sociedad sucumbe después de la segunda guerra, al iniciarse una tercera guerra, ya no entre naciones sino aquella librada por el poder económico contra la sociedad en su conjunto, mediante la progresiva implantación de un mecanismo de abducción masiva: el consumo.

La propuesta de reinserción política en una sociedad ya no regida por la dominación sino por la hegemonía (Baudrillard) es ilusoria pues esa batalla canalizada por las instituciones, formales o informales, del sistema está condenada al fracaso, o sea, a la soledad.

La lucha política revolucionaria – o incluso mínimamente reformista – tendrá en la propia masa su peor enemigo. La masa piensa con la cabeza del poder hegemónico. Toda aventura institucional será, en todo caso, no más que un estallido efímero de la dignidad.

Ha habido una revolución apenas encubierta que ha disuelto la sociedad tradicional y, con ello, han caducado todos sus instrumentos.

No casualmente, el poder hegemónico intenta persuadirnos, por todos los medios, de que esos instrumentos siguen vigentes, que nada ha cambiado, que todos tenemos acceso al poder a través de las instituciones democráticas, esa farsa que lleva siglos ocultando la verdad.

Ahora bien, ¿qué es aquello de lo que hay que huir? “Simplemente” de la desubjetivación, de la heteronomía, de la alienación en las ofertas del mercado.

Hay que huir de la pasividad, de la aceptación acrítica de lo que se instituye como tendencia objetiva. Ello implica rechazar dos cosas, sólo aparentemente opuestas: la vaguedad y la estridencia.

Por un lado hay que rechazar de plano y evacuar el discurso público, cuyo arquetipo son los medios de masas y su estrategia de falsedad e irrelevancia: la retórica periodística hegemónica.

Hay que evacuar la adhesión descerebradora del entretenimiento, cuyo culmen es la comedia cinematográfica yanky.

Información y entretenimiento no son sino una sola cosa: abducción de la consciencia y destrucción del lenguaje.

Por otra parte, hay que darle la espalda a la sensación, glándula predilecta de la sociedad pulsional; caracterizada por la histeria, la sobre-estimulación, la sobreactuación, la extravagancia, la estridencia, la megalomanía, lo artificioso, el terror, los efectos especiales, lo insólito, la transgresión, la procacidad, la creatividad, la innovación… en síntesis, la vulgaridad.

Al concluir una exposición similar a ésta, un jovencito serio, tímido, casi temblando, me abordó para preguntarme ¿cómo se hace para empezar? Yo le contesté: no hay un único camino; cada cual debe encontrar el propio. Pero hay un primer paso ineludible: detectar la mala hierba y arrancarla para darles espacio a los frutos que nos nutrirán. Evacuar el consumo para darle lugar a la cultura. Crear en nuestra vida vacíos allí donde el sistema acumuló basura y malos hábitos. No tenerle miedo a la independencia, a no seguir la norma. Esos vacíos crearán la avidez  de alimentos genuinos: la amistad, el diálogo profundo, el compromiso con el otro, la entrega confiada, la lectura apasionada, la música, los placeres eternos como el de la buena mesa, el buen vino, el dulce sexo. Alimentos terrestres que no son sino un hallazgo de la espiritualidad.

Jean Baudrillardnos alerta, en el mismo sentido, con uno de sus últimos textos:

Decididamente, hoy en día, es preciso luchar contra todo lo que nos procura bienestar, porque el secreto de la hegemonía consiste, precisamente, en el levantamiento de las prohibiciones y en la suspensión de todo el sistema de valores que llevaba asociadas, en la permisividad, en la tolerancia y en la transparencia excesivas.

Obviamente, con “bienestar” Baudrillard no se refiere al “sentirse bien” sino al culto a la comodidad, a la practicidad, al “confort” que nos procuran las prótesis superfluas y los comportamientos permisivos, a esa molicie discapacitadora festejada por nuestra modernidad.

En el mercado del culto masivo de la asemia y la sensación, de la estupidez y el aturdimiento, en síntesis, de la bestialización, lo único revolucionario, en todos los órdenes de la vida, es la exactitud en el contenido y la discreción en la forma. Fórmulas infalibles de la buena literatura.

La naturalidad

Como habrán notado, vengo haciendo una disgresión, un desplazamiento hacia un terreno distante de la arquitectura: la literatura, el reino de la palabra. Dejaré en sus manos la tarea de salvar esa distancia.

Para ello me apoyaré en dos textos que han obrado en mí como iluminaciones: el de un escritor y el de un académico de la lengua: Italo Calvino y José Manuel Blecua, respectivamente.

En el primero encontré un lúcido respaldo a mi repudio a la vacuidad y, en el otro, un aliciente a mi defensa de la naturalidad.

En “Seis propuestas para el próximo milenio”, Calvino nos da una pista liberadora (figura en el capítulo “Exactitud”).

A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias.

No me interesa aquí preguntarme si los orígenes de esa epidemia están en la política, en la ideología, en la uniformidad burocrática, en la homogeneización de los mass-media, en la difusión escolar de la cultura media. Lo que me interesa son las posibilidades de salvación. La literatura (y quizá solo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.

Quisiera añadir que no sólo el lenguaje parece afectado por esta peste. También las imágenes. Vivimos bajo una lluvia ininterrumpida de imágenes; los mediamás potentes no hacen sino transformar el mundo en imágenes y multiplicarlas a través de una fantasmagoría de juegos de espejos: imágenes que en gran parte carecen de la necesidad interna que debería caracterizar a toda imagen, como forma y como significado, como capacidad de imponerse a la atención, como riqueza de significados posibles. Gran parte de esta nube de imágenes se disuelve inmediatamente, como los sueños que no dejan huellas en la memoria; lo que no se disuelve es una sensación de extrañeza, de malestar.

Pero quizá la inconsistencia no está solamente en las imágenes o en el lenguaje: está en el mundo. La peste ataca también la vida de las personas y la historia de las naciones vuelve informes, casuales, confusas, sin principio ni fin, todas las historias. Mi malestar se debe a la pérdida de forma que compruebo en la vida, a la cual trato de oponer la única defensa que consigo concebir: una idea de la literatura.

La hipertrofia de la parafernalia del mercado y la correspondiente saturación consumista del imaginario social bloquea la posibilidad de la experiencia personal.

La consciencia de este acoso genera cierta paranoia: aquella aspiración a la huida y el refugio en un espacio cualitativamente distinto, un espacio alternativo.

¿Alternativo respecto de qué? Obviamente respecto de los artificios, materiales y mentales, con que nos agobia la oferta dependizante.

El espacio de libertad es, precisamente, aquel ajeno al manierismo, a la histeria formalista, al retorcimiento icónico.

La fantasía de la naturaleza aparece indefectiblemente como imagen de la tierra prometida. Una fantasía utópica, ya ensayada y fracasada en catástrofes anteriores.

Pero una versión humana, no utópica, realista, es la naturalidad: auténtica subversión contra el artificio.

Quisiera hablar de la naturalidad como conducta insurgente, resistencia activa contar la abducción consumista y sus abalorios.

El segundo texto, el de José Manuel Blecua, lo extraigo de un artículo publicado en la edición del V Centenario del Quijote.

El artículo se titula “El Quijote en la historia de la lengua española”, y comienza así:

La naturalidadtriunfa ya a comienzos del siglo XVI como principio que guiará toda la conducta humana y que tendrá una de sus manifestaciones más importantes en el uso de la lengua. Gracilaso de la Vega, el poeta toledano tan admirado por Cervantes, elogia la traducción que Boscán hace de El cortesano, del Conde Baltasar de Castiglione (1534): «Guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado: que fue huir del afectación sin dar consigo en ninguna sequedad, y con gran limpieza de estilo usó de términos muy cortesanos,  muy admitidos de los buenos oídos». Era un principio que aconsejaba en todas las actuaciones de la obra calificada por Menéndez Pelayo como «el mejor tratado de educación social de su tiempo». El odio a la afectación se une al culto a la gracia: «huir cuanto sea posible el vicio que de los latinos es llamado afectación; nosotros, aunque en esto no tenemos vocablo propio, podremos llamarle curiosidad o demasiada diligencia y codicia de parecer mejor que los otros.» (El cortesano, Libro I, Capítulo V).Otras veces, Boscán traduce la palabra italiana affetazione por ‘cuidado’ o por ‘artificio’.

En la misma línea de consideraciones Juan de Valdés afirma en el Diálogo de la lengua: «... el estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque a mi parecer en ninguna lengua está bien el afectación.» Un poco más tarde, en la traducción de otro importantísimo manual de cortesanía, El galateo, de Giovanni Della Casa (1568) puede leerse: «Las afectaciones y demasías se deben evitar en los trajes y ceremonias y mucho más en las palabras; y mayormente se debe cada cual guardar de entremeter palabras latinas y extraordinarias adonde no hay latinos, ni quien las entienda.» En este entorno cultural hay que situar las palabras de maese Pedro: «Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala»… (II, 26, pág. 754) o los consejos a Sancho: «Anda despacio; habla en reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala.» (II, 43, pág. 872)

¿A dónde quiero llegar con esta digresión literaria? A mostrar que la literatura, la arquitectura, el arte en general, la música, no son más que enormes metáforas de la vida. Y que, conforme se conciban, mirando detrás de ellas podemos ver “lo que es infierno” y “lo que no es infierno”.

Les recuerdo las dos primeras líneas del texto de Blecua: “La naturalidad triunfa ya a comienzos del siglo XVI como principio que guiará toda la conducta humana”. Subrayo: “toda la conducta humana”.

Esa naturalidad, hoy, es subversiva. Construye espacios por los que fluye la vida. Espacios libres de perversión. Huye hacia la armonía real. Y esa huida no es la del ostracismo individualista y, por tanto, suicida. Es “el primer paso necesario para la fuga colectiva”.

Al concluir otra conferencia con una temática también próxima a la de hoy, otro joven me abordó con una bellísima sonrisa. En su rostro se notaba el entusiasmo. Y me dijo algo así: “No sabe cómo celebro haberlo escuchado. Yo estoy totalmente de acuerdo con su pensamiento; pero mis amigos no me entienden o, incluso, piensan lo contrario. Quiero agradecerle; porque después de haberlo escuchado me siento menos solo”. Yo le contesté: “Mucho menos solo me siento yo al oírte; pues estas ideas, en tu cabeza, tienen más futuro que en la mía”.

Notes

Colegio de Arquitectos de Rosario

28 de Agosto, 2013