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Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

Materia, cultura y diseño

Subtítulo

La cultura material entre la artesanía y la industria

Body

El ser humano hace su aparición como “homo faber”: se crea así mismo en el hacer.


Para vincularse con su hábitat y con sus pares tuvo que inventar y construir un mundo de objetos que la naturaleza no le proveía.

 

 

Se rodeó así de extracuerpos que ampliaban sus capacidades, atenuando su insuperable desajuste con el medio y haciendo más llevadera su existencia.

 

Prendas, vajillas, muebles, útiles, armas, herramientas, máquinas..., un inmenso bazar que hoy llamamos “cultura material”.

 

 

Entre la primitiva hacha de sílex y la actual computadora media la larga historia de su trabajo transformador.

 

Un trabajo creativo, imaginativo, que a la vez que resuelve una necesidad práctica, crea un universo simbólico.


Pues todo útil, hasta la herramienta más sencilla es a la vez un símbolo; un símbolo de sí misma, de la mano que la creó y la usa, y del vínculo que esa mano entabla con el mundo y con los demás.


Ese trabajo creativo se realiza, necesariamente, sobre una materia dada, provista por el medio.


Preso de su entorno natural el hombre apela a su imaginación para encontrar en ese mismo entorno los medios de liberarse.

 

 

Y, así, el trabajo humano humaniza a la naturaleza: tierra, agua y paja se vuelve adobe; copo de algodón, tejido; arcilla y fuego, vasija...


Cada región provee sus materiales a la comunidad que la habita; y, con ellos, ésta hace su diferencia: lanas de animales distintos, fibras de distintas plantas, maderas de distintos bosques, colores de distintas tierras.


La producción material nace así con la marca de sus fuentes, o sea, deviene símbolo de su medio.

El madrás de la India, el barracán del Altiplano, el cristal de Murano o la porcelana de la China...; la cultura material, como los buenos vinos, también logra su “denominación de origen”.

 

La “paja toquilla” del Ecuador se transforma en el famoso “sombrero de Jipi-japa”, curiosamente más conocido por “Panamá”.

Y la sofisticada técnica con que las manos ecuatorianas los tejen está hoy declarada “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad”: por obra de la imaginación y la habilidad, la materia adquiere jerarquía de inmaterial.

 

En la larga historia del trabajo manual, el hombre fue aprendiendo técnicas cada vez más refinadas, hasta llegar a sorprenderse, él mismo, de la perfección de sus propias obras.

 

A través de los milenios sus manos fueron idénticas, aquellas pintadas en las cuevas e iguales a las nuestras; pero la llegada de la industria les daría a esas manos otra tarea: dibujar los objetos que les dictara su imaginación, antes de hacerlos.

 

 

Ahora, para fabricarlos, había que definirlos previamente hasta sus últimos detalles: nace así el diseño.

 

 

El diseño, por así decirlo, es una artesanía conceptual: no amasa el producto sino la idea con que se lo concibe. No es un objeto ni un tipo de objetos: el diseño es una manera de producirlos.

 

No es, por lo tanto, un campo determinado de la cultura sino un medio de producción que produce cultura en todos los campos.

La sociedad contemporánea, internacionalizada, ha generado transferencias tecnológicas que abren enormes posibilidades a la vez que crean dependencias.

 

El diseño adquiere entonces una nueva responsabilidad: la de abrirle posibilidades inesperadas a los recursos propios, sacando máximo partido a los materiales, técnicas y valores culturales locales.

 

El diseño, en tanto disciplina creativa, es un instrumento más de la autonomía productiva, o sea, de la creación de riqueza.

El insuperable desajuste entre el hombre y su medio sigue desafiando a su imaginación; y hace que la ilusión y la tarea de alcanzar la armonía no cesen.

De allí la necesidad de rediseñar permanentemente ese “equipo móvil” con que cruzamos por la vida con la esperanza de ampliar los márgenes de felicidad.

Notes