Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

Mercaderes en el templo.

Subtítulo

El desprecio del patrimonio en las intervenciones de rectificación de la arquitectura histórica.

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En un informe sobre las estaciones terminales del ferrocarril de la ciudad de Buenos Aires, el Consejo Asesor del Patrimonio Arquitectónico (Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad) transcribe una interesante cita del Dr. David Watkin, profesor de la Universidad de Chicago y prestigioso especialista en la arquitectura de principios de siglo. Sostiene el Dr. Watkin: “Durante mi primera visita a Buenos Aires, fui sorprendido por la calidad y escala de sus estaciones de ferrocarril. A pesar de ser poco conocidas fuera de la Argentina, rivalizan con las famosas estaciones de Norteamérica y Europa construidas hacía 1900, como las de Milán, Hamburgo, Leipzig, Helsinki y Washington DC. Son maravillosos testimonios de Buenos Aires en el momento en que Argentina era una de las economías líderes del mundo y su adecuada restauración significaría un potente incentivo al actual relanzamiento internacional de la ciudad”.

Para quienes vivimos fuera del país este comentario nos resulta familiar; pues somos testigos frecuentes de la impresión con que retornan de Buenos Aires los extranjeros que la visitan por primera vez: estupor unánime ante su arquitectura. Y otro dato importante en el mismo sentido: en una reciente encuesta sobre motivaciones del turismo en Buenos Aires, la arquitectura aparece en primer puesto con una amplia ventaja sobre todos los demás conceptos. Y queda claro que la seducción no la ejercen los posmodernos rascacielos de cristal sino edificios como el Congreso, el pasaje Barolo , el Correo, el Teatro Colón y la extensa serie de manifestaciones de la cultura arquitectónica que arranca a finales de siglo. Entre ellas están las espectaculares estaciones terminales que, como sus hermanas de las grandes capitales, aparecen como ecos de las termas, templos y palacios de la Roma imperial. Obras que hoy, por su calidad arquitectónica, son candidatas a integrar la lista del Patrimonio Mundial.

Y en estas calidades no se agotan sus valores monumentales; pues, para medirles la real jerarquía cultural es también indispensable escuchar sus recuerdos: pocos edificios como las terminales del ferrocarril nos hablan tan claramente de la Argentina liberal y proeuropea, agroexportadora e inmigratoria. Cualquier foto antigua de sus andenes, es un verdadero tratado de historia social; punto de partida de los colonos europeos, punto de llegada de los migrantes del interior; espectacular decorado historicista para las escenas de la transformación socioeconómica del país.

Aunque , en realidad, todo esto son tonterías que nada significan para el actual ciudadano-medio, empresario- medio y político-medio de esta “media sociedad” en que se ha convertido el país. Si en algo podemos disentir con el Dr. Watkin es en que aquellas maravillas no sólo son “poco conocidas fuera de la Argentina” sino también, ignoradas y despreciadas dentro del país. Prueba concluyente: la evaluación de los proyectos para las estaciones de Constitución, Once y Retiro, del citado informe, comienza con una denuncia escalofriante: “Los procedimientos seguidos para las licitaciones no consideraron correctamente la variable patrimonial”. Paradójicamente, fueron aprobados por la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, aunque su puesta en práctica implicaría seguramente, el rechazo de la citada candidatura al Patrimonio Mundial.

Para muchas personas - lamentablemente con poder - edificios como éstos no son más que construcciones viejas y obsoletas que, en todo caso, habría que modernizar y adaptar para usos más provechosos.

Ante este informe sobre las estaciones, la alarma no es gratuita; pues existen sobrados antecedentes del deterioro que sufre el patrimonio cuando es sometido al reciclaje: ahí están el Tren de la Costa o el conjunto Centro Cultural Recoleta y Buenos Aires Design.

Y basta observar el triste destino del Mercado de Abasto: monumento simultáneo al pueblo trabajador, al tango y a la riqueza agrícola de la Argentina y gran manifiesto “decó” de los primeros alardes estructurales del hormigón armado que, para vergüenza de los argentinos, ha sido reciclado como “shopping”, con la figura de Grandel rebajada al triste papel de coartada exculpadora.

Nadie puede ignorar que la historia vuelve obsoletas ciertas actividades sociales a la vez que inaugura otras. Y que las infraestructuras que soportaban aquellos usos desaparecidos quedan vacías, como mero testimonio del pasado; función que, por otra parte, es de por sí válida y da carácter de tal al monumento. Tampoco puede ignorarse que, en muchos casos, la supervivencia de esas piezas sólo se garantiza logrando alguna forma de reutilización que permita financiar su mantenimiento. Y las llamadas “oportunidades” creadas por la reutilización son indispensables para la movilización de capitales y la puesta en valor de los lugares degradados.

Pero en vista del modo en que predominantemente se han realizado dichos “reciclajes”, cabe detenerse a pensar todo de nuevo. ¿Será real, en todos los casos, la supuesta obsolescencia o se tratará de la típica “obsolescencia programada”, fruto de la apetencia de ilegítimas “oportunidades de negocio”?. ¿De todos los posibles nuevos usos, será el bastardeo el único uso “realista”?. ¿De todos los proyectos de remodelación será la violación y desvirtuación de los valores originales el único partido posible?.

Las estaciones terminales funcionaron como tales durante un siglo sin que nadie pensara que debían usarse para otra cosa. Y hoy podrían perfectamente actualizarse, incorporando los adelantos que optimicen el servicio sin destruir el edificio ni desnaturalizar su función, o, incluso, asegurándole nuevos usos pero compatibles con sus características. La restauración y actualización de la Estación de Francia en Barcelona y de Atocha en Madrid son ejemplos de que ello es posible. Esperemos que la idolatría local por la “nueva España” en este caso sirva para algo.

El reciclaje salvaje falsamente asociado al progreso social pero efectivamente asociado al progreso de algunos, goza de todas las condiciones para multiplicarse: voracidad del capital, incultura del poder político, falta de idoneidad en los profesionales, mala praxis en las instituciones de control e indiferencia general del público. Con este cuadro, ni siquiera hace falta la venalidad para que se sucedan nuevos destrozos. Una probable declinación del número de católicos practicantes podría dejar vacía la Catedral de Buenos Aires. No es difícil imaginar la nave central reciclada como patio de comidas (en porteño “food court”) con una cadena “gastronómica” en cada uno de los altares menores. Los públicos “realistas” sin duda considerarían esa idea como progresista; pues “gracias a los inversores” se “salvaría” la catedral. Ignoran, sin duda, que hay formas de reciclaje que equivalen a una demolición.

Los proyectos de reciclaje de las estaciones seguirá adelante de uno u otro modo. Sólo queda esperar que exista la capacidad de aprender de los errores pasados en aquéllos que tienen poder para cometerlos. De su valentía para abordar proyectos realmente ambiciosos, de su talento y capacidad técnica se espera la creación de oportunidades económicas y financieras que hagan posible la recuperación del patrimonio. Su gran desafío profesional es salvar el templo sin regalárselo a los mercaderes.

Notes