Artículos y Ensayos

Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

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Paria

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Repasando mis últimos textos relacionados con la problemática de la cultura, he descubierto dos cosas:

 

1. Que mis inclinaciones culturales no son producto de ningún conocimiento que las “sustente”, ni una “posición tomada” a posteriori de una reflexión, sino la respuesta espontánea de mi sensibilidad a los estímulos del patrimonio cultural; y 2. que, en general, la cultura es su propio sustento y es el sustento de la razón que reflexiona sobre ella; da prueba de ello el que ni todas las culturas ni todas las épocas pierden el tiempo en razonar sobre la cultura.

 

Haciendo memoria, vengo a descubrir que mi actual actitud se remonta a mi primera juventud; y, si afino mis recuerdos, a mi niñez. Yo no llegué a la cultura de la mano de mi inteligencia ni por el camino de la educación, sino empujado por el estupor y la fascinación ante la belleza. Y ese estupor y esa fascinación aparecen ya en mi niñez. Abelardo Castillo cita a Rilke: “Creedme que todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros”. Pues bien: es exactamente eso. Esa primavera sagrada fue mi solitaria, gozosa y atormentada niñez. Siguen conmigo el terciopelo de la rosa y su enervante perfume; la blanca suculencia en los pétalos del jazmín, que más de una vez mordí, desesperado; las ráfagas del aroma de los paraísos en flor; las gotas de rocío sobre las hojas vírgenes de la gramilla, que más de una vez, desesperado, bebí; la bellísima tristeza inexplicable de los atardeceres en el campo, la apabullante inmensidad de las noches estrelladas en medio de aquella descomunal planicie; y la súbita brisa que preanunciaba, con su arrobador aroma de tierra mojada, la inminencia de la lluvia.

 

Mi temprana reflexión sobre la cultura aparece, entonces, impulsada por mi estupor ante la belleza: ¿por qué una bella canción tiene tanto en común con un bello paisaje, aún sin describirlo? ¿Por qué la cultura se muestra con tanta fuerza y armonía como la naturaleza? La experiencia de la belleza obró en mí como una primera evidencia con la fuerza de una realidad superior a todo dogma. Siempre desconfié de todo razonamiento que se alejara de aquella primavera sagrada o pretendiera cuestionarla. Y ya en unos de mis primeros apuntes aparece el testimonio de esta lealtad a la belleza, de este repudio a los pensamientos antiestéticos: “Izquierdista extremo es un individuo que detesta la música de Händel porque fue escrita en los palacios para nobles cortesanos”. Así se abre un cuaderno de notas del año 1961. Tenía yo diecinueve años. Hoy, a mis sesenta y tres, pienso exactamente igual, a pesar de los terribles años transcurridos. O sea: he progresado. Sé que, en el fondo, toda obra de arte sólo es tal si supera sus orígenes.

 

Esta fidelidad mía a mi pathos estético fue la que salvaguardó mi independencia ante los mandatos de la época, de la moda, de las ideologías, de los prejuicios de clase. Yo ya había firmado un pacto primario. Yo ya tenía un pre-juicio propio. Un pre-juicio en el sentido radical del término: no un juicio a priori sino algo anterior al pensamiento, una emoción. En el fondo, mis problemas más difíciles han provenido de haber sido fiel a mis emociones, incluso a espaldas de mis propios pensamientos: podemos llamarlo destino, fatalidad o, más precisamente, estructura. Tardíamente, aunque no tarde, descubro lo desenfrenado de mi erotismo. “Forsse la giovinezza è solo questo perenne amare i sensi e non pentirsi”… quizá la juventud sea sólo este perenne amar los sentidos y no arrepentirse. Así lo describe Sandro Penna, poeta admirado por Pier Paolo Pasolini…

 

Supongo que habrá sido aquella independencia lo que obstaculizó mi identificación con los ideales predominantes en el sector social en el que me tocó insertarme; inserción que se realizó siempre de un modo imperfecto. Aquel pacto primario puede haber sido la causa de mi impermeabilidad a los mandatos estéticos de una intelectualidad progresista; mandatos que, en el mundillo arquitectónico en que yo me movía, estaban especialmente arraigados. La propia carrera constituía un instrumento de transculturación, un lavado de cerebro mediante el cual unos humildes hijos de la clase media-baja eran incorporados a la cultura de una pequeña burguesía progresista. Una incorporación a una cultura presuntamente universal que, por un lado, iba obstaculizando el diálogo con sus padres y, por el otro, los iba emparentando con los maestros de la modernidad. Siempre me resultó ajeno aquel aire de familiaridad con que mis compañeros y amigos hablaban de “Mies” o de “Corbu” como si hubieran convivido con ellos en la escuela. Y nunca llegaron a conmoverme aquellas enigmáticas reproducciones de obras del arte contemporáneo que colgaban de sus paredes, testimonio de su pertenencia a una elite de “connaisseurs”. Y es más, nunca me creí del todo que a ellos mismos tales obras los emocionaran. En la amplia mayoría de estas personas, la modernidad no es más que una pose, una adscripción impostada, fruto de un mandato de clase que se obedece sin chistar, al margen de todo disfrute real.

 

Durante épocas hemos ejercido la autoexigencia de encontrarle un sentido a aquello que, a simple vista, no lo tenía. Y hemos padecido, sordamente, inconfesadamente, esa autodescalificación íntima a la que nos ha compelido el autoritarismo de las elites intelectuales; “si no lo entiendo es porque soy bruto, o atrasado; he de conseguir entenderlo o, en su defecto, lograr disimular que no lo entiendo, para no ser excluido”. O sea: la alegoría del “retablo de las maravillas” rediviva: si no veo las maravillas es porque soy marrano, falso cristiano. Aquel intelectual cayó en desgracia por haber colgado, en la sala de su casa, un cuadro abstracto “al revés”; error que puso en evidencia su condición de “outsider”: pudo comprarse un Xul Solar; pero no pudo superar los códigos incorporados en sus humildes orígenes. Los cuadros muy abstractos deberían ir acompañados de unas instrucciones de uso, a fin de que los legos puedan salir airosos. Una ayuda de inapreciable valor para aquellos cuyos orígenes humildes no superados los “condenan” a la figuración.

 

He convivido con aquella modernidad y sus hábitos – unos, fruto de legítimos gustos; otros, de hipócritas pleitesías – silenciando los impulsos opuestos que me dictaba mi sensibilidad. A Tchaikovsky sólo podíamos escucharlo a escondidas. En realidad, siempre he sentido una profunda antipatía por Picasso y Le Corbusier. Jamás me cayeron bien ni Cortázar ni, mucho menos, Neruda. Piazzolla me ha inspirado siempre un irrefrenable rechazo; primero, su persona, luego, gran parte de su obra, tan parecida a él: sobreactuada, pedante, antipopular, cursi. Piazzolla es el arquetipo de tilingo porteño. Finalmente, mi respeto por la obra de Borges está parcialmente ensombrecido por lo indigerible de su perfil social e ideológico, su talentoso cinismo que llega a rozar la falta de ética.

 

Similar rechazo me produce aquella narrativa dedicada a husmear impúdicamente en las intimidades de los seres humanos, cierta novelística en la que se nota demasiado una reprimida pulsión voyeur que se conforma con imaginar alcobas sin trascenderlas. Y nada me resulta tan desagradable como el discurso de un Milan Kundera, su insoportable intelectualidad, la pringosa presencia de su cerebro ensuciando los hechos que narra.

 

Mi alejamiento de la literatura teórica también debe tener algo que ver con aquel malestar del desarraigo. Salvo honrosísimas excepciones en que el discurso logra superarse a sí mismo, en la retórica de las “ciencias humanas” resulta imposible no oír la atmósfera doméstica del sector social que las practica, su desagradabilísimo folclore, su tristísima óptica de clase.

 

Y tampoco debe ser ajeno a este síndrome mi desaparición de las exposiciones, museos, centros culturales, cines y teatros. Ante la menor sugerencia de acudir a ellos el cuerpo se me echa para atrás. Creo que la última exposición que visité fue la de Rothko: aburrimiento letal e insostenible sensación de absurdo. La gente intentaba poner cara de entender, pero le salía cara de estar ausente. El pathos estético brillaba por su ausencia. Abandoné la experiencia al cuarto cuadro y fui a refugiarme en el bar. Lo espantoso fue el reencuentro con mis amigas – filósofa y pintora – que se lo miraron todo: nadie dijo absolutamente nada de la obra. La “abstracción” fue total. Y el texto del catálogo tampoco ayudaba. La retórica de los artículos sobre arte y, en general, la de las separatas culturales de los periódicos me resultan absolutamente insoportables. Me generan visiones horribles: veo a los autores.

 

De todo esto vengo a enterarme sólo de un tiempo a esta parte. Ha sido un proceso silencioso que ha ido orientándome, sin yo notarlo, hacia atmósferas en las cuales no suelo encontrar a mis amigos. Y aquí estoy: más solo que la una. Exactamente como al principio, cuando niño. Mi realidad no ha cambiado, simplemente ha envejecido. Aquel sentimiento de pertenencia cultural, manifiesta en mis amigos, yo nunca lo he tenido, no lo tengo hoy y no lo tendré nunca. He visitado aquella cultura como “observador extranjero”, outsider, sapo de otro pozo. He llegado a valorar algunas de las obras de esa cultura; pero nunca las he sentido mías.

 

Dejando de lado las formalidades, he de reconocer que las pinturas de Mondrian, Paul Klee o Kandinsky siempre me han parecido bonitos bocetos de estampados para telas de cortinas. Para mí el uso específico del arte abstracto es la decoración. Obviamente, jamás se me ocurriría defender esta idea como base de una teoría estética. Mi renunciamiento a la universalidad más que un logro ha sido una condición de partida anclada en mis “rarezas”.

 

Por otra parte, desde muy temprana edad alenté serias dudas acerca de la supuesta universalidad de las estéticas reivindicadas por mis “pares”. Y, más aún, toda mi vida he sentido una profunda resistencia a la cultureta intelectual asociada a aquellos gustos. Y la intensidad de mi experiencia cultural permitió que jamás sintiera que, con aquella resistencia, estuviera perdiéndome algo. Lo apasionado de mis opciones culturales no ha dado lugar a ningún sentimiento de pérdida o de vacío.

 

No me es fácil describir qué es lo que me inspira aquel rechazo, qué es lo que me resulta desagradable de esos gustos y, más aún, de esa manera de vivirlos. Y más difícil todavía es saber por qué. En el fondo uno no es más que una peculiar combinatoria de porqués no respondidos. Pero el enigma es provocador. Si recreo en mi memoria algunas escenas de la vida de mis “pares”, lo primero que detecto es cierta complacencia, cierto regodeo en las propias predilecciones. Para ellos la cultura no es una dimensión transparente, invisible de su propia vida, sino una práctica específica, consciente y tematizada. Les gusta sentirse en ella, con ella delante, hablar de ella. Su relación con el arte y demás manifestaciones de la cultura es jactanciosa, privada de naturalidad. Sus casas son como pequeños museos: la arquitectura, los muebles, los cuadros, las esculturas, la vajilla… son manifiestos. Son burgueses de izquierdas.

 

El burgués natural pisa su alfombra persa auténtica como si fuera un felpudo y toma el té en su porcelana china como si fuera loza barata: él es el rey de sus objetos. Sus enseres son productos de unos sencillos trabajadores cuyo trabajo él ha comprado. El pintor de sus cuadros es tan obrero suyo como el capataz de su campo. El burgués intelectual de izquierdas, en cambio, guarda otra relación con su patrimonio. Él, en tanto “connaisseur”, forma parte de la grey de artistas que producen sus obras; y éstas cumplen la función de alojarlo en el paisaje explícito de su cultura. Su hábitat es escénico y él circula por ese escenario representando el papel del sujeto moderno actualizado por las vanguardias. Tiene una actitud opuesta al burgués natural. Su relación con las obras es reverencial y, a través de ellas, realiza una autoreverencia narcisista. La actitud del burgués natural respecto de su entorno es, paradójicamente, más “popular” que la del burgués intelectual de izquierdas. El burgués natural es campechano; pues no corre ningún riesgo de ser confundido con sus trabajadores. El burgués de izquierdas tiene, en cambio, un grueso problema de identidad, que “resuelve” mediante el elitismo. Es patético.

 

En general, siento un fuerte rechazo por el estilo burgués de vida y, muy especialmente, por la versión intelectual de izquierdas. Siento cierta aprehensión por sus bibliotecas, por sus discotecas, por sus hemerotecas, por sus pinacotecas, por sus enotecas, por su aire de gourmet y su predilección por los delikatessen. Para mí, la cultura no es otra cosa que la mismísima vida, su cuerpo simbólico. Sus bienes no son tótems, ni monumentos, ni posesiones, sino meros estímulos de una experiencia espiritual, íntima. Mi relación con el arte es erótica y, en ese sentido, mística: coincide punto por punto, sílaba por sílaba, con la definición borgiana de la experiencia estética. Las obras pasan ante mí como las nubes por el cielo: las disfruto, ellas desaparecen y yo quedo a la espera de nuevas revelaciones. Ni las acumulo, ni las colecciono, ni las atesoro, ni las admiro, ni las venero. No siento ningún tipo de idolatría ni por las obras ni por los autores. Mi impulso estético se satisface en la experiencia y en ella se agota.

 

Dicho lo anterior, puedo ir al grano e intentar, ya no “sentar posición” sino descubrir las características de mis inclinaciones espontáneas respecto a la cultura en cualquiera, o en todas, sus manifestaciones. Y lo primero que me aparece como rasgo recurrente es la naturalidad o, lo que es lo mismo, el horror a la afectación: no soporto a la gente que cuando bebe vino hace ejercicios de cata. Cuando un jamón de bellota sale bueno, lo único que ha de decirse es “este jamón está de puta madre” y seguir gozando de él sin ningún comentario agudo sobre el papel de la bellota y los cerdos en libertad retozando por los encinares de Castilla.

 

En mi experiencia, lo cultural aparece del lado de los “lenguajes naturales” y no de los códigos artificiales; o sea, del lado de la jerga y no del morse. Es precisamente esa naturalidad la que le asigna a la cultura una realidad objetiva, “exterior a mí pero no ajena”, exactamente lo que nos ocurre con la naturaleza. La cultura es lo que llamamos “naturaleza humana” o, dicho más abruptamente, folclore. Si sigo los pasos de mis gustos musicales, plásticos, literarios, siempre llego al mismo sitio: a las resonancias de matrices arcaicas que, abierta o veladamente, me instalan en lo universal. Toda obra que no me produzca aquellas resonancias “me deja frío”, me aparece como arbitraria, antojadiza, absurda.

 

Mi vida musical parece alcanzar máxima intensidad allí donde la música se manifiesta como universal, en el sentido de ecuménica, o sea, de mayor alcance y vigencia policlasista. Si todo canto es un dúo, mi desiderátum es el coro. Al escuchar música, el oído íntimo e irrepetible se funde con una multitud que escucha lo mismo, al mismo tiempo, y sintiendo aproximadamente lo mismo. Quizá por eso prefiero los conciertos y la radio al equipo personal: el tarareo colectivo es más evidente. Aquí me auxilia el cosmopolitismo borgiano: “Ser cosmopolita (…) significa la generosa ambición de querer ser sensibles a todos los países y todas las épocas, el deseo de eternidad, el deseo de haber sido muchos”. Hoy, día de la Purísima Concepción, pasaron por la radio “Il Vespro della Beata Vergine” de Claudio Monteverdi. Nunca la había escuchado completa. Quedé estupefacto: una hora y media a lo largo de la cual nuestra cultura despliega, al completo, su imaginería musical. Desde quién sabe cuánto antes del Renacimiento hasta hoy y en todo el ancho del espectro social hasta mucho más allá de lo que se ve desde las torres de los señores venecianos. Siglos de música contenidos en noventa minutos: todos los países, todas las clases, todas las épocas… el deseo de eternidad, el deseo de haber sido muchos.

 

El núcleo de aquel espacio musical ecuménico lo ocupa, sin duda, el folclore, en su sentido más profundo: esa fluidez cantabile que une en un mismo éxtasis la Zamba de Vargas con Juan del Encina, Troilo y Grela con una sonata de Beethoven, Salgán con Ravel. La milonga es pampa hecha sonido: no un paisaje sino la condición humana expuesta a la intemperie. Una inmensidad que te cala el alma hasta las lágrimas. La mismísima felicidad. Todo lo que obre como una milonga es folclore.

 

Aquel universo de resonancias arcaicas es, en mi caso, muy vasto. Para seguir con la música, arranca en las formas más antiguas de nuestra tradición, que enlaza con extraña transparencia con ciertos folclores ajenos. Se extiende a lo largo de toda la evolución de nuestra música popular y de nuestra música clásica; división cada día menos vigente. A partir de ese núcleo, acercándome a los bordes de mi universo musical, aparecen las experiencias más íntimas, como la que instaura la celebérrima “Noche transfigurada” o, más íntimamente aún, el impresionante “Cuarteto para el fin de los tiempos” de Messiaen. Aun así, a pesar de que en estos extremos lo ecuménico se reduce, seguimos instalados en la música-música, aquella anclada en estructuras arcaicas que la vuelven verosímil, o sea, real. Es decir, que mi universo musical ingresa en la música contemporánea por sus cauces evolutivos, no de fractura. Ese universo se va desdibujando a través del expresionismo y cierto post-impresionismo. Y allí se detiene.

 

Se detiene allí porque topa con un sinnúmero de formas enclaustradas, donde los vínculos con lo propiamente cultural resultan inasibles, de haberlos: los experimentos y engendros del cripticismo programático. O, en todo caso, interesantes experiencias sonoras, texturas acústicas agradables pero extramusicales e inevitablemente intrascendentes, olvidables. La falta de empatía me aleja de todo arte especulativo, premeditado o experimental. El experimento es lo opuesto a la experiencia artística. El experimentalismo no es sino la intromisión del positivismo tecnocrático en el campo del arte y, por propio concepto, ocupa ilícitamente el espacio de la creatividad. Es fruto de huérfanos por parricidio que se aferran a su inventiva personal, a sus hipótesis alternativas.

 

Y ninguna hipótesis alcanza para apuntalar el sentido de una experiencia artística. Si el arte depende de una idea, no es arte: es, apenas, ideología dibujada. Por eso, poco me vale de la obra de las actuales vanguardias, esas que se atropellan por encontrar un rincón en la Bienal de Venecia. Patéticos emergentes de una anacrónica pequeña burguesía con ínfulas de una ya imposible hegemonía cultural.

 

Ni la pura ilustración de sistemas armónicos (arte abstracto) ni los irrelevantes juegos de palabras (arte conceptual), ni el absurdo planificado (surrealismo), ni la pura búsqueda aleatoria de salidas del vacío (experimentalismo), ni ninguna otra intentona desarraigada de la cultura real (o sea, el folclore) tienen otra ulterioridad que el fracaso, o lo que es lo mismo, el regodeo en el elitismo. Se tratará siempre de producciones socialmente superfluas, condenadas a la degeneración, al olvido o, quizá peor, al éxito mediático.

 

Nada de lo dicho le resta un ápice de legitimidad a esos espacios culturales que tan visceralmente rechazo: hay gente para todo. Y no hay más verdad que la que cada uno considera como tal. Con lo dicho sólo intento reconocer mi propio espacio, tal como lo hago en política, en ideología, en ética. Intento volver conscientes mis verdades vitales, siempre previas y difícilmente dominables. Reconozco que fuera de mi espacio existen otras legitimidades, otros principios, otros universos de sentido incomparables con el mío. Mi aspiración a “ser muchos” – en la que, por cierto, no me ha ido tan mal – tiene unas fronteras que no por imprecisas son menos infranqueables. Intento, simplemente, hacerme cargo de mis placeres y mis ascos.

 

Después de tanto batallar, vengo a comprender que la actitud de la modernidad pequeñoburguesa ante la cultura no es la mía. Me ha costado reconocerla. Filiarla y notar la diferencia. No encuentro ahora razón alguna para seguir disimulando. Lo aclara, otra vez, Sandro Penna: “Felice chi è diverso essendo egli diverso; ma guai a chi è diverso essendo egli comune”. Precisamente, ha sido esta última mi situación ante la cultura que me ha rodeado: compartir una circunstancia; pero desde el desacuerdo. Y tal ha sido mi situación ante la vida misma: tener que parecer una cosa y ser otra. Me ha tomado toda mi juventud y parte de mi madurez llegar a reconocer y aceptar mi diferencia; una diferencia profunda en la cual mi orientación sexual no ha sido más que un problema menor, apenas un matiz de una divergencia más estructural. Y si la historia no coincide con el deseo, peor para la historia.

 

Mi condición social me ha hecho circular por un paisaje ajeno, teniendo que fingirlo mío para no decepcionar a mis amigos y conjurar así el riesgo de la soledad. Y, aunque mi vida íntima ha sido radicalmente distinta a la de ellos, parece habernos convenido a todos considerar que esas diferencias no eran más que matices, y que, en el fondo, yo participaba plenamente de sus mismos valores: una táctica apenas consciente para absorberme y eludir el agravio comparativo. Y así los falsos acuerdos tácitos han conducido a múltiples equívocos: en arte, en arquitectura, en ideología, en estilo de vida. Y pocas cosas me ponen tan violento como el que mi interlocutor dé por sentado que yo comulgo con sus valores, que soy uno de los suyos, si es que no lo soy. Es lo que hacen los liberales, los heterosexuales, los adictos al fútbol, los modernos, y todos los autocomplacidos en su “universalidad”.

 

Me vuelve loco que se me confunda con otra persona, que se me tome por lo que no soy ni quiero ser. He soportado esta desagradable situación durante toda mi vida. Mi tenacidad ha logrado disuadir en parte a los involuntarios agresores. Sólo en parte. Por eso me veo obligado a extremar temerariamente los términos, cargar las tintes, exagerar (“¡Norberto no exageres!”) Mis barbaridades no son sino el recurso que hallo para huir del horror de la despersonalización, implícito en el que vean en mí a otro: trauma infantil que, en pleno imperio del pensamiento único, se transforma en realidad objetiva.

 

Pero la edad de la razón llega, tarde o temprano, y ésta nos recomienda no plantear nunca enfrentamientos cuando las diferencias son de fondo. El repliegue, la decisión de no argumentar, de no someter nuestras actitudes íntimas al arbitrio del otro cuando éste no comparte nuestros principios, aparece como la única conducta sensata. Y la soledad que ello conlleva es compensada con creces por la felicidad del encuentro con aquellos con quienes compartimos algunos de nuestros éxtasis; coincidencias inevitablemente parciales. Siempre el camarada nos decepcionará, en algún plano, tarde o temprano. Y corremos, entonces, a los brazos de otro otro.

Notes