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Miscelánea (en construcción)

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Título

Saber retórica o saber hablar

Subtítulo

Apuntes acerca de la diferencia entre “retórica teórica” y “retórica práctica” motivados por unos comentarios del amigo Román Esqueda, en FOROALFA

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El tema de la retórica merece unas matizaciones pues con frecuencia he visto reiterarse una confusión grave: identificar «capacidad retórica» del hablante (o del diseñador) con «conocimiento de la Retórica».

 

Se trata de uno de los tantos síntomas de una patología académica: el academicismo, que, en este tema como en tantísimos otros, cree platónicamente que la realidad no es más que una versión (imperfecta) del mundo de las ideas; y, peor aún, cree que la práctica es mera teoría aplicada.

 

En la “capacidad de persuadir” confluyen vectores prácticamente infinitos, en su amplia mayoría inconscientes, y sólo muy pocos racionales. El orador elige inconscientemente los giros retóricos que “pre-siente” que le facilitarán al receptor adherir a su idea.

 

La velocidad del proceso no tolera detenimientos “técnicos”: El núcleo de esa capacidad persuasiva está en el “presentimiento” de los procesos mentales del receptor y, en función de ello, realizar intuitivamente las maniobras retóricas con que incidirá sobre su consciencia.

 

Para lograrlo, el orador debe desarrollar una gran riqueza lexical y una veloz capacidad asociativa que le permitirán los “juegos de palabras” eficaces.

 

Pensar, por ejemplo, en el humor: los chistes. Ningún cómico estudia Retórica, sólo tiene una capacidad metafórica superior a la normal. O sea, cultura verbal.

 

Más que cínico sería un lenguaraz como yo, si no reconociera el papel principalísimo de la “retórica práctica” en toda forma de comunicación; pues, desde pequeño, el gusto por la expresión oral ha sido, en mí, un auténtico vicio. En el aula, a mi alrededor siempre había desorden pues yo no paraba de hacer bromas y juegos de palabras hilarantes: metáforas, sinécdoques exageradas, hiperbaton, silepsis y vete a saber cuántas otras figuras más, cuyos nombres desconozco.

 

Pero la “retoricidad” del hablante persuasivo, o sea, su retórica práctica, es cosa muy distinta de la “retórica teórica” o Retórica. Gracias a su retoricidad el hablante logra crear la ilusión de que en su discurso no hay retórica sino realidad. La retórica bien entendida y bien usada es tal porque pasa desapercibida: deslumbra no per se sino por su capacidad de exhibir una verdad (real o imaginaria).

 

Pero la pregunta es: ¿cómo se adquiere esa capacidad retórica? ¿Cómo estimularla entre los estudiantes? Evidentemente no enseñando Retórica sino enriqueciendo la capacidad verbal, ejercitándolos en la explicación y narración oral y escrita.

 

Esa capacidad reclama no sólo léxico sino una redacción eficaz, o sea, persuasiva, que dibuje las ideas y las escenas con más fuerza que la de las respectivas ideas y escenas. Los ejercicios de redacción y oratoria son, creo yo, la vía. Serían ejercicios análogos a los de Stanislavsky para verosimilizar un parlamento teatral, donde a la retórica verbal se suma la dimensión expresiva (fuerza, cadencia, acento, prosodia; por no citar a la propia gestualidad).

 

Un ejercicio similar en los gráficos sería la formulación gráfica de un mensaje  en diversas versiones, que exhiba el grado de verosimilitud de cada una. O, simplemente, la ejercitación en evaluar y corregir, en los propios proyectos, específicamente su fuerza persuasiva. Se trata de medir en cada diseño concreto, cuán convincente es; hasta lograr que aquello parezca exactamente lo que es.

 

Los mecanismos retóricos deben lograr operar de modo inconsciente y veloz. De no ser así, estaremos ante burdos ejercicios de la peor “poesía visual”… que es lo que suelen hacer los alumnos de diseño en las clases de Retórica.

 

Conocer los procedimientos esenciales de la Retórica y su secuencia no guarda ninguna relación con la capacidad retórica. Es absolutamente posible que un profesor de Retórica posea un discurso absolutamente poco convincente.

 

En síntesis: la Retórica es una disciplina esencialmente analítica, no normativa. Permite conocer los procesos del discurso persuasivo pero no producirlo. «Aplicar» la Retórica para persuadir es como «aplicar» el Psicoanálisis para soñar correctamente. Es decir: conocer los pasos del tango no es suficiente para bailarlo.

Notes