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Miscelánea (en construcción)

Artículo

Título

Sexo y espacio

Subtítulo

Palabras para darle lugar al sexo y erotismo a los lugares

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SEXO Y ESPACIO

Palabras para darle lugar al sexo y erotismo a los lugares

 

 

Con este subtítulo voy anticipando que en esta clase vamos a jugar con las palabras. O sea, vamos a dejar que las palabras jueguen con nosotros.  Pues, como vamos a comprobar, en el lenguaje hay más verdades que en nuestro discurso. Cuando hablamos, decimos más cosas que las que estamos queriendo y creyendo decir.

 

Pues bien, hablaremos de la relación entre sexo y espacio para conseguir dos cosas, que son la misma: para darle espacio al sexo, al menos en la palabra, y para que el sexo nos abra un espacio en los hechos, que es su verdadera función… como se verá más adelante.

 

Para ello, tendremos que relacionar el sentido con los sentidos. Algo debe unir el sentido con los sentidos, la sensibilidad, la sensación, el sentimiento. “Quizá la juventud sea este perenne amar los sentidos… y no arrepentirse”, nos confiesa Sandro Penna. (En italiano suena mejor: Forse la giovinezza è solo questo perenne amare i sensi e non pentirsi).

 

Comencemos.

 

 

ESPACIO Y SENTIDO

 

En el hábitat humano, sus espacios-tipo, o sea, codificados, convencionales, se identifican por sus usos: cocina, comedor, baño, pasillo, escritorio… Y por “uso” no debe entenderse el mero conjunto de operaciones físicas sino, básicamente, el sentido mismo de ese uso.

 

Estar en la cocina – incluso cocinando – es mucho más que “cocinar”: es “estar en la cocina”, un universo de sentido. Y ese sentido lo registra y lo expresa el propio lugar: una cocina que no parece una cocina no es una cocina.

 

La arquitectura – y ni qué decir, la interior – es el espacio del sentido y, a la vez, el sentido del espacio.

 

 

EL LUGAR DEL SEXO

 

¿Y cómo se llama el lugar del sexo?... Silencio. No hay ningún espacio tipo que declare ser específicamente para practicar el sexo. El dormitorio, por ejemplo, sólo declara que es para dormir. ¿Por qué? Quizá esta carencia nos esté diciendo que el sexo puede hacerse en cualquier lugar.

 

Recuerdo ahora la celebrísima escena de “Los amantes” – del gran director Louis Malle – en que la pareja hace el sexo en el lavabo, más exactamente en la bañera. Una escena que devino un icono de la nouvelle vague y de la historia del cine.

 

Pero nos queda una sospecha: con aquella omisión, el lenguaje más bien nos está diciendo algo más fuerte: “No hay lugar para el sexo” o, mejor, “el sexo está fuera de lugar”. Ciertas connotaciones eróticas, omitidas en “dormitorio”, aparecen sutilmente en “alcoba”. Y se refuerzan en “acostarse”, “encamarse” o simplemente “cama”. Pero en éstas ha desaparecido el espacio.

 

Aún así, se trata de eufemismos. Y el eufemismo es la retórica del pudor. Se trata, técnicamente hablando, de un “desplazamiento” forzado por la represión: “de eso no se habla”. Y aquí ha aparecido la palabra clave: “represión”. Una palabra indispensable para entender al sexo y sus lugares.

 

Freud en su “Introducción al psicoanálisis” abre el apartado “La vida sexual humana” con esta afirmación delatora: A primera vista parece que todo el mundo se halla de acuerdo sobre el sentido de ‘lo sexual’ asimilándolo a lo indecente; esto es, a aquello de lo que no debe hablarse entre personas correctas.

 

That is the question! O sea, lo ya dicho: para el sexo no hay lugar ni siquiera en la palabra. Sus lugares “específicos” son “indecentes”: casas de citas, prostíbulos, calles del pecado, cuartos oscuros.

 

Las palabras que lo nombran sólo pueden ser eufemismos: pudorosas, avergonzadas o  vergonzantes, procaces, burdas, obscenas, palabrotas, “malas palabras”. Después de milenios, el sexo sigue padeciendo de la clandestinidad en la realidad y del silencio u oprobio en el lenguaje.

 

Sigamos jugando con las palabras, que ellas saben más que nosotros: el sexo sin lugar es sin topos, a-tópico… o sea, u-tópico.

 

No entraremos a analizar los orígenes de esta utopía. Basta recordar que la sexofobia se instala en la cultura judeo cristiana como defensa de la procreación. El sexo no podía desviarse de su “única” función legítima: la reproducción. Se trata de un mandato impuesto en defensa de la continuidad de la especie, amenazada, por aquellos tiempos, de extinción.

 

Es a partir de entonces, y hasta el descubrimiento de la penicilina, que el sexo por el sexo vivió en desgracia.

 

 

CLANDESTINIDAD O INTIMIDAD

 

Pero esa represión no siempre acosó al sexo. En épocas pre-cristianas de nuestra cultura, el sexo, lejos de estar reprimido, estaba abiertamente reivindicado, valorado, deificado. Eros era un dios, lo mismo que Priapo: ánforas, murales, camafeos, esculturas, frescos, documentaban  sin represión alguna esa celebración de lo sexual.

 

Observemos esta escena en una isla mediterránea en el siglo III de nuestra era, narrada por el gran escritor español José Luis Sampedro en su novela “La vieja sirena”.

 

Se acerca el cortejo del prefecto, precedido de cuatro bucinatores lanzando sus trompetazos al viento y escoltado por jinetes imperiales. El griego se aleja, poco amigo del poder, sea político, guerrero o clerical. Se dirige hacia la punta occidental de la isla, la opuesta al faro, donde se alza el tempo de Neptuno, y empieza a perderse en la oscuridad, lejos de las luminarias.

 

Un joven de cara pícara le alcanza:

 

-      Ave, Krito. ¿No entras a la fiesta?

-      Iré más tarde, cuando estén todos bebidos y escuchen con gusto mis exabruptos.

-      ¿No te gusta la fiesta?

-      Me gustas tú mucho más, Acilio; bien lo sabes – responde mirando las piernas perfectas del mozo, descubiertas por la corta clámide.

 

La sonrisa del mozo se acentúa. Su voz suena un poco más desgarrada.

 

-      Pues tienes suerte. Esta noche me apetece recibir un buen polvo. Que me llegue la marea muy adentro.

-      - ¡Y yo que iba a pedirte que me lo echases tú a mí!

 

Se miran y ríen:

 

-      El primero que se ponga en forma enculará al otro – propone Acilio.

-      No, no – responde Krito –, nada de competencias ni prisas. Yo te complaceré primero, querido. Así después disfrutaré sin obligaciones. Ven, ofrezcamos nuestro amoroso sacrificio al padre Neptuno en la caleta junto al templo.

 

La oposición entre las dos puntas de la isla es, en principio, la que se entabla entre la sociedad y el espacio natural. Krito y Acilio no se alejan del bullicio por temor al qué dirán: aún no había llegado el tiempo en la represión del eros. En ese desplazamiento – espacial y mental – van en busca de la intimidad. Van hacia la caleta nocturna contando sólo con Neptuno – un dios – como testigo.

 

Krito y Acilio van hacia un lugar que, con su abrazo, se deje resignificar como espacio erotizado. O mejor, hacia un lugar que con “su amoroso sacrificio a Neptuno” despliegue su propia naturaleza erótica: la caleta. Encontrarán en la naturaleza, en aquel espacio, no sólo un cómplice sino, más aún, un igual. En el abrazo de ambos, la naturaleza se humanizará y los amantes se naturalizarán.

 

Una situación similar vemos en “Brokeback mountain”, especialmente en su versión operística. El escenógrafo subraya el contraste entre el ambiente doméstico de las respectivas familias de Ennis y Jack y el paisaje salvaje de la montaña en que una noche de borrachera descubrieron su deseo mutuo. Un deseo frustrado por la represión social y por la propia indecisión de Ennis, preso del mismo tabú.

 

En Krito y Acilio, aquel desplazamiento de una a otra punta de la isla en busca de recogimiento estaba privado de culpa. Ajeno a la vergüenza del sexo culposo, está el sano pudor del sexo íntimo, la búsqueda de la experiencia de un espacio que sólo tiene sentido habitado por dos. La entrega sexual exige la ausencia de mundo pues su misión es abrirles a los amantes otro mundo. “Heterotopía” es un buen nombre para el espacio del sexo.

 

Escuchen ahora la siguiente fantasía; en este caso un poema de mi mano:

 

El príncipe

 

Un día, sorpresivamente, invadió y conquistó mi reino. No se libró ni una batalla. No se derramó sangre alguna. La gloria de su sonrisa bastó para que se rindieran todas mis tropas.

 

Vino a mi alcoba trayendo consigo un sutil aroma que parecía llegar de su país distante: una rara mezcla de madera y lluvia. Lenta y delicadamente fue desnudándose en silencio: yo nunca había estado tan cerca de la belleza.

 

Un príncipe había viajado desde tan lejos sólo para ser mío. Y lo fue. Y yo fui suyo. En sus amantes brazos llegué a un lugar en el que nunca había estado antes: un país de suavísimos placeres e infinitas ternuras: el paraíso mismo.

 

Ese lugar de suavísimos placeres e infinitas ternuras es, exactamente, el espacio del sexo. Que no es el de la realidad sino el de la vida plena.

 

DA CAPO

 

Acaba de aparecer otra palabra clave: PARAÍSO. Un vocablo que si retrocedemos a Roma es “paradisus”, que quiere decir “paraíso” y, si retrocedemos a Grecia se dice “paradeisos”, que quiere decir “paraíso”. Evidentemente la idea de paraíso es fundacional.

 

El pueblo Dogona, cultura del norte de África, tiene también la idea de paraíso. ¿Cómo es el paraíso dogona? Idéntico al país de los dogonas. Con una sola diferencia: en el paraíso, los baobabs tienen las hojas un poco más verdes que los de la tierra, para que el que por allí pase, sepa que está en el Paraíso. El paraíso es terrenal.

 

Y con este retorno al paraíso perdido cerramos la charla. Pues:

 

¿Qué buscamos cuando elegimos mesa en el restaurante o taburete en el bar de copas?

 

¿Qué buscamos cuando elegimos el color para pintar nuestro cuarto o la música de nuestra fiesta?

 

¿Qué buscamos cuando elegimos una sonrisa, un rostro, un cuerpo o un timbre de voz?

 

¿Qué buscamos cuando, antes de ir a su encuentro, elegimos nuestro perfume, la camisa o la ropa interior que nos pondremos?

 

La respuesta a todas estas preguntas es facilísima: aunque lo ignoremos, buscamos recuperar el paraíso perdido.

 

MORALEJA:

Quien coge la responsabilidad de dar forma y carácter a los espacios que habitarán otros es un escenógrafo de sus paraísos, de sus pequeños paraísos terrestres.

 

¡Vaya responsabilidad!

Notes