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Asesoramiento corporativo

Teorí­a y crí­tica cultural

Miscelánea (en construcción)

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Tres dimensiones de la crí­tica arquitectónica

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La crítica

Para abordar una reflexión sobre la crítica de la arquitectura, deberíamos comenzar descartando el uso coloquial del término “crítica”, con el cual se alude a una práctica aleatoria, opcional o, cuando mucho, complementaria; pero no esencial a la cultura. Deberíamos reconocerle, en cambio, su carácter de dimensión intrínseca e inexcusable del hecho cultural, una de sus “constantes vitales”.

Todo sistema de normas, por más naturalizado que esté, presenta márgenes de excepción; plantea, inexorablemente, contradicciones y es susceptible, por lo tanto, de crítica. Sobre toda norma pende – conciente o soterrada – la duda de su legitimidad. La crítica no es, entonces, más que la autoconciencia de la cultura y garantiza el afianzamiento, perfeccionamiento o sustitución de sus normas.

Contraria a la noción “edénica” de la cultura, que la dibuja como una escena armónica y en reposo, una concepción más veraz tendría que mostrárnosla como un paisaje en permanente convulsión, que sólo efímeramente presenta cuadros en equilibrio. Esta inestabilidad es, precisamente, la fuente de todos los dilemas que dan pie a la duda sobre la validez de la norma y del hecho que la materializa. O sea, los dilemas que dan pie a la crítica.

A pesar de su función estructural en el seno de la cultura, por distintas causas y con distintos fines la crítica ha sido y sigue siendo objeto de objeciones. La historia del arte y la literatura abunda en enfrentamientos con los críticos profesionales, cuyo frecuente abuso del poder de opinión les ha granjeado cierto desprestigio. Como reacción ante ese abuso, los damnificados han incurrido más de una vez en la injusta desautorización de la crítica en su conjunto, tachándola de práctica parasitaria, superflua o, incluso, culturalmente perniciosa.

Y esta rebelión contra la crítica viene a confluir con posiciones ideológicas que, de partida, niegan la existencia de fundamentos objetivos para cualquier forma de valoración. La pluralidad de puntos de vista, la diversidad de opciones ideológicas y la incidencia inexorable de lo subjetivo brindan argumentos al escepticismo y favorecen, indirectamente, la reivindicación del “todo vale”.

La renuncia a toda posibilidad de juicio de valor cultural, se ve respaldada, además, por la crisis de los patrones culturales dominantes y la dispersión axiológica propia de una época de desorientación y acefalía.

Este relativismo, que es válido si se lo entiende como aceptación de la pluralidad de códigos, deja de ser válido cuando implica la indiferencia por la calidad. Efecto sin duda alarmante. Y el  panorama cultural contemporáneo abunda en síntomas de esta forma de decadencia. Hoy más que nunca, la crítica resulta, entonces, no sólo pertinente sino, también, urgente.

La crítica de la Arquitectura

En el campo de la Arquitectura este fenómeno se reitera con idénticas características; y se ha agravado con la crisis de la supuesta universalidad de los cánones modernos y la demora en la cristalización de otra norma alternativa que aquella de la forma libre y la pieza única.

El silencio de la crítica –autoinhibida– legitima el “todo vale” y favorece la instauración pasiva de una ideología arquitectónica sistémicamente pautada y su respectivo modus operandi: la búsqueda compulsiva de la atipicidad. Privada de todo otro fundamento que el de la demanda mediática, la obra, cualquiera fuera su programa, aparece como hito autoreferencial.

Frente a este estado de cosas, suele levantarse de tanto en tanto la voz de los últimos cultores de la racionalidad, que enarbolan argumentos no pertinentes al fenómeno criticado. Esa crítica, instrumentada con parámetros fuera de contexto, yerra en el blanco.

En todos los ámbitos de lo cultural, la crítica es un terreno resbaladizo, en parte por la alta cuota de “desprolijidad” que se observa en su ejercicio. O sea, por la debilidad de un trabajo de “crítica de la crítica” que señale qué es, cuáles son sus géneros, para qué sirve y cómo se hace. Caemos así en la mera “opinión”, que cierra el círculo vicioso del relativismo.

Tres géneros

La propia tarea productiva – en cualquier campo – lleva implícita una ininterrumpida mirada crítica: producir es ir comparando lo que se está produciendo con un modelo óptimo —consciente o inconsciente— pautado por un objetivo. El dedo del alfarero aumenta la presión tan pronto como éste detecta que el cuello del ánfora resulta aún demasiado ancho respecto del óptimo: la forma que va apareciendo ante sus ojos se proyecta sobre la imaginada y ambas se van corrigiendo mutuamente hasta lograrse el ajuste perfecto. Criticar es poner en acción óptimos, patrones, criterios de excelencia, explícitos o latentes.

La propia tarea de dirección de proyectos pone en escena las dificultades y desafíos de la acción crítica. Y va evidenciando, en su ejercicio, planos de crítica diferenciados: la razón descubre distintos niveles de pertinencia axiológica y aprende a ejercerlos de un modo independiente. Va descubriendo, así, que la eficacia y ajuste de la crítica aumenta con la especificidad con que logre operar en cada uno de esos niveles.

En este texto intento ordenar el espacio de la crítica, señalando sus dimensiones específicas, diferenciadas, y, en cierta forma autónomas. Pues gran parte de los equívocos provienen de la confusión entre niveles distintos de la crítica, del cruce de parámetros heterogéneos que enturbian los juicios. Señalaré tres tipos de crítica netamente discriminables y, para distinguirlos, los denominaré “crítica teórica”, “crítica técnica” y “crítica ideológica”.

La crítica teórica

Un nivel de crítica de la arquitectura, previo y necesario para cualquier otro, es el que denomino “crítica teórica”. Aquí, el concepto de crítica carece del sentido valorativo que le damos en el lenguaje coloquial; pues alude al “desentrañamiento” de las condiciones de existencia del fenómeno analizado. Lo que se “critica”, en todo caso, no es el fenómeno real sino las ideas espontáneas y superficiales que nos hacemos de él. “Crítica” aquí es “desocultación” de los factores y relaciones estructurales en que se funda el hecho considerado.

Toda crítica de la arquitectura debe partir de la obviedad (que suele ser soslayada) de que todo hecho construido es producto de un sistema de condicionantes reales; pues si está construido es porque en hacerlo posible han confluido todos los factores económicos, ideológicos y culturales. El Sistema no es un “aspecto” de la realidad, aleatorio o de eficacia esporádica; sino la articulación necesaria de los distintos estratos de la realidad social en que vivimos y producimos. Es la fuente de condicionamientos objetivos de todo lo producido y, por lo tanto, la principal fuente de su explicación.

Ausente este primer nivel de crítica, no puede sostenerse que se conozca el hecho real. Se tendrá de él una descripción más o menos exacta; pero se desconocerá su sentido en el seno de la sociedad concreta. Sólo se registrará el aspecto exterior del objeto, sus datos puramente fenoménicos. Se oirán los truenos pero se ignorará cómo se producen; y tal ignorancia tendrá efectos directos sobre la valoración del hecho y sobre los comportamientos con él relacionados.

Este nivel de la crítica debe expulsar, por lo tanto, toda tentación a enturbiarla con la toma de posición ante el fenómeno analizado; pues su finalidad no es valorar o juzgar sino conocer. Si ejemplificamos con la Teoría Social, este nivel de crítica se corresponde con un discurso como el de “El Capital” de Karl Marx. En ese texto indispensable para todo economista, cualquiera fuera su posición ideológica, el autor vivisecciona el sistema económico sin ninguna repugnancia ni insinuación ética, con la finalidad de explicar sus condiciones de existencia y su lógica interna.

De igual modo, el analista de la arquitectura, para conocer su objeto, debe poner entre paréntesis todo juicio personal o social, toda valoración ética, estética o ideológica. Su único interés ha de ser el detectar los orígenes del fenómeno analizado, o sea, los factores que han motivado su producción y condicionado sus características.

Independientemente de sus adscripciones culturales, el crítico debe descubrir las articulaciones objetivas entre la arquitectura (obra, género, o lenguaje) y el contexto social que brinda los programas (estilos de vida, sistemas de valores, condiciones socioeconómicas, condicionantes culturales, etc.) que han hecho existir dicha arquitectura con sus peculiares características.

El discurso crítico de este tipo no constituye una simple “sociología de la arquitectura” sino una detección de condicionantes de toda naturaleza (sociológica, económica, antropológica, psicológica, etc.) cuyo entrelazamiento han producido la arquitectura analizada.

Tomemos como ejemplo un fenómeno “curioso” relativamente reciente y, por ello, escasamente categorizado: la denominada “arquitectura-espectáculo”. La crítica teórica buscará los vínculos de este tipo de arquitectura con el mercado corporativo e institucional; un mercado que reclama a los concurrentes un creciente protagonismo mediático, no arbitrario sino sistémicamente necesario. Ese contexto fuerza a los actores urbanos hegemónicos a lograr una alta notoriedad en todos sus comportamientos; y la arquitectura es un medio estentóreo, quizás el más eficaz, para obtener esa notoriedad social; resulta por lo tanto, irrenunciable. La función publicitaria de la arquitectura supera, en estos casos, a todos los demás servicios de la misma y los supedita, definiendo el programa.

Cualquiera fuera la valoración y actitud respecto de este tipo de arquitectura, la crítica teórica permite reconocerle una lógica interna absolutamente anclada en una realidad. Así como nadie puede cuestionar la necesidad estructural de la publicidad, nadie puede desconocer que el sensacionalismo arquitectónico es una respuesta adecuada a la sociedad del espectáculo, o sea, a la economía de la pulsión.

La crítica técnica

Un segundo plano de crítica, heterogéneo respecto del anterior, consiste en analizar, en la obra arquitectónica, su grado de ajuste. Implica, por lo tanto, una valoración, o sea, una contrastación de unos hechos con unas metas.

La crítica técnica debe realizar un complejo entrecruzamiento de confrontaciones; pues, para ser objetiva, deberá contrastar entre sí cuatro instancias: obra, lenguaje, programa y contexto: ¿El programa se ajusta a la necesidad? ¿El lenguaje se ajusta al programa? ¿La obra se ajusta al programa y al lenguaje adoptado? ¿Hay desajustes? ¿Dónde se localizan?

Para realizar esta crítica es indispensable dominar la trama de códigos que regulan la producción material, los usos físicos, los usos simbólicos y la función estética de la obra y/o del sistema en que se inscribe.

Para ello, el conocimiento de las condiciones de existencia de lo criticado (producto de la crítica anterior) es esencial; pues dicho conocimiento es el que permite escoger la combinación de parámetros adecuados para la valoración de la pieza o su sistema. Es imposible valorar algo cuyo sentido se desconoce. Y es incorrecto valorar una pieza con parámetros ajenos a su naturaleza.

Siguiendo con el ejemplo anterior, si desconocemos el sentido socio-cultural de la arquitectura-espectáculo, posiblemente apliquemos parámetros que sólo son pertinentes a otro tipo de arquitectura y consideremos como “defectos” o “desviaciones” rasgos que son esenciales a su sentido y que, por lo tanto, indican sus virtudes.

Este tipo de crítica debe ejercerse a partir o en función de los patrones derivados de las condiciones de existencia de lo criticado, es decir, a partir del programa real y los códigos de diseño a él pertinentes. Se evalúan las calidades alcanzadas por la obra o el sistema dentro de su género. Es una crítica “interna”.

Esta crítica debe combinar y sintetizar las evaluaciones de la propuesta tecnológica y económica, la propuesta funcional y la propuesta estética, y su grado de ajuste al programa real y/o realizable. O sea que, a partir de las condiciones programáticas reales, no todo proyecto resultará igualmente satisfactorio. Siguiendo con la arquitectura-espectáculo: no todos los espectáculos están igualmente logrados.

La crítica ideológica

La crítica ideológica es, por así decirlo, “partidista”: toma posición ante el hecho arquitectónico en función de una determinada plataforma ideológica del crítico, que le prescribe valores culturales, sociales, éticos, estéticos.

La crítica ideológica es tan externa a su objeto como la crítica teórica; pero ya no se ejerce desde la racionalidad analítica sino desde un determinado sistema de valores. Por lo tanto, esta crítica carece de la universalidad a la que deben aspirar las anteriores. Por su propio concepto, depende de valores de naturaleza ideológica y, por lo tanto, particulares.

Igual que las anteriores, puede aplicarse a la obra o al sistema arquitectónico, lenguaje o estilo, y puede poseer un signo distinto al de la correspondiente critica técnica: una obra que supera la prueba de la crítica técnica puede ser descalificada por la crítica ideológica. Sigamos con la arquitectura-espectáculo: la crítica técnica de un edificio (p.ej. el Banco de Londres de Clorindo Testa) puede reconocer en él una obra de valor (crítica técnica); pero ese edificio puede resultar muy objetable desde una plataforma ideológica que le niegue valor cultural al monumentalismo (crítica ideológica).

Este tercer nivel de crítica es necesariamente el último, no en jerarquía sino en orden; pues, ausentes las dos críticas anteriores, la crítica ideológica incurrirá inevitablemente en errores de apreciación. Veámoslo con el ejemplo que venimos utilizando. Si no se ha realizado un análisis teórico del fenómeno de la arquitectura-espectáculo, desde cierta plataforma ideológica ésta podría aparecer como caprichosa, arbitraria, absurda; siendo, como es, motivada y de alto ajuste a la necesidad. El repudio a la arquitectura-espectáculo se ensañará con la obra; pues no reconocerá las condiciones sociales que han generado aquella necesidad y su correspondiente programa, que sería –en todo caso- el realmente cuestionable.

En la arquitectura, y en cualquier otro ámbito de crítica ideológica, suele generarse un puro cuestionamiento de los productos y sus autores, con omisión o desconocimiento de los orígenes de los encargos y su racionalidad. Una arquitectura culturalmente reprobable no se deslegitima cuestionando la respuesta profesional sino denunciando las condiciones que han creado su demanda social.

Conclusión

Si se analizan y comparan con detenimiento estos tres tipos de crítica, se verá que, en una suerte de condicionamiento “en cascada”, la primera habilita a las dos siguientes, y las dos primeras, a la última.

El edificio del Museo Guggeheim de Bilbao ha suscitado polémicas que sólo han logrado confundir más el panorama, precisamente por la confusión de los planos de la crítica. Una crítica pulcra de dicha obra debería obrar “en cascada” según el siguiente proceso:

  1. Señalar los orígenes del programa que reclamaba un edificio de alta singularidad e impacto mediático.
  2. Señalar el ajuste del proyecto a dicho programa y las calidades por él obtenidas.
  3. Tomar posición ante los orígenes (marketing urbano), el programa (arquitectura espectáculo) y el proyecto (el edificio de Gehri)

Probablemente, los términos “teórica”, “técnica” e “ideológica” carezcan de la precisión debida; pero me consta que bautizan tres espacios objetivamente discriminables y su consideración favorece significativamente la pulcritud del ejercicio crítico.

Notes