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El objeto transparente

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En la nota anterior, se especulaba sobre la diferencia entre dos tipos de objetos que denominábamos «transparentes» y «opacos». Repensando en ello, se me ocurre ahora que para dar aliento al buen diseño (y a los buenos diseñadores) bien vale la pena un homenaje a aquellos objetos —de uno u otro grupo- que asumen su destino con mayor abnegación. Tomemos por ejemplo los primeros, los «transparentes», y traigamos a la mesa un espécimen de esta saga; una aceitera, aquella «que no mancha».

¿Por qué pertenece al grupo de los «transparentes»? Obviamente, no por ser de vidrio. Decí­amos que una cosa es «transparente» cuando, en su uso, se la olvida; como ocurre con el martillo, que si se piensa en él se yerra el clavo y se da en el dedo. La aceitera, en efecto, es de aquellos objetos que, en el ejercicio de su propio ser, desaparecen de la pantalla de nuestras cavilaciones. Aunque se le encargasen otras misiones (tal como «adornar la mesa») es obvio que su «aceitereidad» comienza y acaba en el aliñar. En este sentido, la que hemos escogido como ejemplo es transparentí­sima. Obedece tan sumisamente a nuestros deseos más sutiles que parecerí­a no existir. Nuestro personaje es perfecto. Una máquina infalible. Demostrémoslo.

  1. El contenedor —gracias a su forma cónica- sirve a la vez de lastre: vací­a o llena tendrá el centro de gravedad siempre en su mitad inferior, tan próximo a su generosa base de sustentación que resulta prácticamente involcable, resistente al usuario más torpe. A su vez, el cono (nombre técnico del embudo) hace imposible que el lí­quido se demore en inútiles recodos y se vea fatalmente obligado a salir, de modo expedito, por donde debe y hasta la última gota.
  2. En el cuello de la botella se concentra la máquina propiamente dicha, ideada para permitir, simultáneamente, la salida del aceite y la entrada del aire, de modo continuo, fluido, ininterrumpido, sin gorgoteos ni salpicaduras. Y, por ende, sin sobresaltos. El aceite sale como un hilo de miel.
  3. El pico vertedor, que hace las veces de tapón, se ajusta al cuello mediante el milenario método del esmerilado. La fricción entre las dos superficies es suficiente para evitar que el pico caiga sobre la ensalada (con todo el aceite detrás) y suficientemente poca como para no dificultar su extracción a los efectos del rellenado.
  4. Finalmente, el verdadero hallazgo; con idéntica forma de embudo, la boca de la botella se abre no sólo para resolver sin auxilio alguno el rellenado sino incluso para recibir, ávida, toda gota que pretenda abandonar el recipiente de «motu propio» y con destino incierto, conduciéndola, a fortiori, hacia su lugar de procedencia. Usese como se use, no hay manera de conseguir que gota alguna caiga sobre e mantel o chorree, inmunda, por la superficie exterior de la aceitera. De modo que la impunidad con que uno puede apoyar este objeto, cargado de manchas latentes, sobre el lino inmaculado, el noble roble o el cristalino cristal, es total. Mediante el uso de este ingenio, una ancestral sensación de peligro conjurado hace del aliñar una aventura exitosa. Un verdadero placer ergonómico. Y todo mediante el uso de un único material: el simple, leal y antiquí­simo vidrio.

En sí­ntesis, el objeto servicial, único esclavo legí­timo del hombre, nos sirve y calla. No dice nada. No reclama nada. Invisible, integrado a nuestros reflejos como una prótesis, hace que de nuestra mano emane el aceite sin que ésta se aceite. Gracias a él quedan definitivamente deslindados el sabor apetecible y el horrible contacto, contradictorios atributos con que nuestra cultura adornara el aceite. ¡Casi magia!

¿Eso es todo? Sí­. Pero hay más. Promediando el segundo plato, alzamos la cabeza y la vemos. Ha entrado un rayo de sol que enciende esa gran gota de oro oliva que reposa sobre la tela blanca. Sonreí­mos y perdemos por un instante el hilo de la conversación. Porque una idea nos viene a la cabeza; «¡No está nada mal esta aceitera! ¡Hasta parece mentira que haya ganado un premio!». Otra lección de diseño. Esta vez, del señor Marquina.

Notes